Un Jesús congelado y un caballo en apuros en la Bienal de Venecia

Bienal de Venecia
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En esta edición de la Bienal de Venecia hay mucho hilo. Por todas partes cuelgan cuerdas o tejidos de las paredes, mientras que la exposición principal, en el Arsenal, se ha llenado de alfombras hechas de retales y ovillos de lana. Cualquier visitante puede participar y contribuir a la creación de arte. Que la Bienal dejara a un lado las tesis políticas para celebrar el arte y a los artistas era el objetivo de la comisaria de este año, la francesa Christine Macel, bajo el lema «Viva Arte Viva». La exposición, considerada una de las más importantes de arte contemporáneo a nivel mundial, abrió esta semana sus puertas al público después de recibir durante tres días la visita de medios y expertos.

«Hoy en día, en un mundo lleno de conflictos y shocks, el arte es testigo de la parte más valiosa que nos hace humanos», dijo Macel. Por tanto esta vez, en lugar de polémicas consignas políticas, reinará un ambiente de comunión. O eso se pretende pero, ¿es realmente posible?

«Como manifestación de libertad, de creatividad en relación con el ser humano, el arte en sí es altamente político», opina el artista alemán Franz Erhard Walter, quien a sus 77 años debuta en Venecia. «Pero en mi opinión, jamás en la historia ha existido arte en un espacio libre y puramente estético». No obstante, opina que el lema es acertado: celebrar el arte es algo que se ajusta a su filosofía vital.

Además, los grandes temas actuales se cuelan también en esta Bienal. Como el artista estrella danés-islandés Olafur Eiliasson: en un taller, migrantes africanos y árabes se dedican a fabricar artesanalmente lámparas con fines benéficos. Para algunos, resulta insólito y critican que Eliasson convierta a los migrantes en espectáculo. Otros, en cambio, ven su propuesta como muy actual y socialmente importante.

Que Macel, del parisino Centro Pompidou, sea la cuarta mujer al frente de una Bienal en sus 120 años de historia también ha dado mucho que hablar. Y para muchos, la afinidad textil de esta edición forma parte de ese «toque femenino». Sin embargo, muchos de los pabellones nacionales se centran en temas que nada tienen que ver con el concepto de la comisaria.

Así, en el pabellón austríaco Erwin Wurm presenta un gigantesco camión cabeza abajo. Según contó al diario «Kurier», tras el atentado terrorista de la pasada Navidad en un mercadillo berlinés se preguntó si «debía seguir adelante». De una de las ventanas del vehículo cuelga el cuerpo de una persona. Según explicó, le interesaba el tema de la migración. «Con el camión uno se lleva su hogar en la distancia. No se integra», sostiene.

Desde una mirada distinta, también el español Jordi Colomer aborda el tema de las migraciones con su instalación «¡Únete! ¡Join Us!», en la que reivindica el nomadismo como «acción colectiva». Mientras, en el pabellón de Túnez se reparten pasaportes a los visitantes en una performance que cuestiona los conceptos de origen e identidad.

En el pabellón italiano, tradicionalmente en el foco de los críticos de arte, Roberto Cuoghi ha instalado una especie de gigantesca fábrica de Jesús. En «Imitazione di Cristo», el público puede recorrer unos tubos de plástico y contemplar en cámaras de goma y frigoríficas los distintos estados de Cristo. Toda una provocación en un país tan profundamente católico como Italia.

«Doy lo mejor de mí para lograr algo que contribuya a la cultura de la libertad de opinión en mi país», decía en una entrevista con «The Quietus» el artista turco Cevdet Erek. Y tampoco pasará desapercibida la propuesta argentina «el problema del caballo», una escultura con la que Claudia Fontes cuestiona «la sostenibilidad de la idea de territorio y la conformación de identidades nacionales en el actual umbral histórico que los humanos atravesamos como especie».

Así, como se puede comprobar tras un primer recorrido, pese a la lana y las costuras la Bienal de Venecia parece que nunca podrá ser sólo arte.