Tras los rastros de la gran derrota que hizo temblar la República de Roma

Roma
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El 6 de noviembre del 105 antes de Cristo las legiones romanas sufrieron la mayor derrota que se recuerda durante la República frente a los cimbrios, teutones y celtas a orillas del Ródano, cerca de Arausio, la actual Orange, en un lugar que un grupo de investigadores cree ahora haber identificado. Pese a las crónicas romanas del hecho, siempre tendentes a la exageración, de Plutarco o Tito Livio, los arqueólogos no habían podido localizar el escenario de la batalla en la que 120.000 hombres perecieron, desertaron o fueron capturados por los bárbaros, que no dudaron en ejecutarlos, muchos de ellos lanzados a las aguas del río.

El profesor Alain Deyber, al frente de un equipo interdisciplinar de investigadores franceses, españoles, alemanes, austríacos, italianos y suizos, considera que ha ubicado el lugar en el que los invasores del norte hicieron temblar los cimientos de la mayor civilización del momento.

Una derrota que, de rebote, fortaleció a Roma y sentó las bases de una nueva fuerza militar en la que se asentó Julio César para conquistar el poder medio siglo más tarde.

Puntas de flechas, armaduras y todo tipo de armamento, monedas de plata, restos humanos y animales… vestigios suficientes para que el especialista en Roma y sus colaboradores no alberguen duda de que han hallado el lugar en el que se libró la batalla de Arausio.

«Fue una batalla de exterminio, nadie miraba lo que dejaba atrás, los restos de la batalla son numerosos», asegura a Efe el investigador.

Deyber reconoce que «muchos de los vestigios han sido saqueados lo largo de los años» y que los indicios de que cazadores locales encontraban monedas de plata en el lugar y las vendían son antiguos, lo que le puso sobre la pista.

Sus trabajos han permitido ahora no solo sacar a la luz el campo de batalla, sino localizar uno de los dos campamentos de las fuerzas romanas y, si se confirman las primeras hipótesis, también el lugar donde se concentraron las tropas germánicas.

«Hemos hallado una espada que procede de Sajonia occidental y estamos estudiándola», asegura el investigador.

Arausio fue el lugar elegido por la República para detener el avance de una tropa heterogénea que había partido de Dinamarca por motivos desconocidos en busca de nuevas tierras y que, a su paso, había ido agregando efectivos, hasta convertirse en una amenaza para Roma.

El Senado envió una decena de legiones pero cometió un error: al frente de las mismas había dos cabezas.

El cónsul Malio Máximo, plebeyo de origen, acudió en refuerzo del procónsul Quinto Servilio Cepión, patricio que no aceptó situarse bajo el mando de un militar de casta inferior.

Las diferencias entre ambos se tradujeron en una división en dos que permitió a los cimbrios aniquilar las tropas romanas en la Galia.

La derrota provocó un terremoto en Roma. «La mayor parte de las familias patricias perdieron algún miembro en aquella batalla. La República se sintió vulnerable», cuenta Deyber.

Por motivos que se desconocen, los germánicos decidieron no atacar la capital y, en lugar de atravesar los Alpes, pusieron rumbo a los Pirineos, en dirección a Hispania.

Eso dio tiempo a la República para reconstruir su defensa. Malio y Cepión, que sobrevivieron a la masacre, fueron juzgados y condenados y el Senado encargó a Cayo Mario reconstruir las fuerzas.

Nombrado cónsul, Mario afrontó una profunda reforma social en la República y sentó las bases de un nuevo Ejército que finalmente derrotó a los bárbaros y que sirvió de base a Julio César en su campaña de las Galias, en la que asentó su prestigio y poder para alcanzar el poder absoluto en Roma.

El trabajo de Deyber ha sacado a la luz el supuesto campo de Malio de 55 hectáreas, mientras que el de Cepión, algo menor, de 35, se considera que está en el asentamiento actual de Orange.

«Hay monedas acuñadas la víspera de la batalla y que fueron distribuidas por los cuestores romanos entre la soldada para motivarles», explica el especialista.

Su búsqueda se va a reforzar en los próximos meses con métodos ultramodernos e, incluso, se va a extender al fondo del Ródano.

A Deyber y su grupo de investigadores le gustaría que la zona albergara un centro de interpretación de la batalla que puso patas arriba una civilización.