Psiquiátricos de todos los colores

La Habana

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Hubo un tiempo en mi larga carrera como periodista, a punto de cumplir el medio siglo, que el comandante rebelde doctor Eduardo Bernabé Ordaz (1921-2006), tal vez el único hombre en la revolución cubana que ha estado por mayor tiempo en una misma responsabilidad, que en su carácter de director del hospital nacional psiquiátrico nos invitaba año por año a un recorrido por la instalación.

Muy difícil que algún colega de la prensa extranjera faltase a la cita con tan carismático personaje con aquella poblada barba insurgente que, tiempo de por medio, recibía a cada rato un tinte tan negro como una noche oscura bajo un sombrero tejano que siempre le acompañaba hasta el mismísimo parlamento. Ordaz inspiraba confianza al visitante y lo que es mejor, hasta con los pacientes más afectados.

Me cuenta un amigo intensivista que en su condición de estudiante de Medicina le fue a ver para conseguir unas flores que repartirían entre las jóvenes en ocasión del Día de la Mujer. El comandante dio el visto bueno y le remitió a un paciente responsable de un extenso jardín aledaño al reparto Fontanar. Al llegar, vio el amplio surtido de flores bien cuidadas y en cantidades inimaginables. “Aquí no hay flores hoy”, le respondió rotundo el jardinero. Trató de convencerlo, indicarle que iba en nombre de Ordaz, pero el otro insistía que “aquí no hay flores hoy”.

El entonces muchacho fue de inmediato a verle para narrarle lo sucedido. Cuenta que el emblemático rebelde le replicó que, si el trastornado le había dicho que no había flores, pues que se fuera sin ellas porque no podía contradecirlo. Y así ocurrió.

De aquellas visitas, donde a cada paso un “loco” te saludaba con los buenos días y era capaz de sostener una conversación coherente, no pocos de nosotros pensábamos que donde estaban los enfermos psiquiátricos y mal educados era en la calle y no en ese prestigioso centro al que Ordaz y su equipo le dieron merecida dignidad.

Casi a dos décadas de esos encuentros hay que reconocer que lo dicho en broma es hoy por hoy una inquietante realidad. Demasiados problemas, extensas preocupaciones, disgustos a diestra y siniestra, conversaciones monotemáticas las 24 horas bien pudieran conducir a un diagnóstico muy cercano a la psiquiatría, la psicología o hacia afecciones propias de la neurología cuando después de un sonado berrinche aparece una isquemia transitoria.

Si no hay flores, no las hay. Y punto. Algo parecido a lo que nos contaba Esopo con la zorra y las uvas.