La señora Angela Merkel ha salido a la palestra, esta mañana, para pedir a los países de Europa que cedan más soberanía. Que tienen que confiar en las instituciones europeas y esta clase de cosas. Que sin más Europa habrá más crisis. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Lo de siempre.
Y es lo de siempre porque cuando la señora Merkel habla de ceder soberanía parece que se olvida de una cosa llamada eurobonos, que Berlín lleva bloqueando años, o de otra cosa que se llama supervisión bancaria europea, que Berlín ha conseguido retrasar unas cuantas veces. Y mi jefe, de hecho, me ha comentado que le encantaría confiar en que la canciller se estuviese refiriendo, esta mañana, a uno de los principales problemas del Viejo Continente: el sector bancario alemán. O mejor dicho: su quiebra.
Es evidente que Merkel no se ha referido a eso al hablar de reconocer problemas y ceder soberanía. Entre otras cosas porque el acto en el que ha hablado lo patrocinaba nada más y nada menos que el Deutsche Bank. Sí, esa entidad financiera que según la agencia de calificación Egan-Jones, el experto Michael Lewis, mi jefe y bastante más gente tiene un agujero de cientos de miles de millones de euros.







