Rajoy premia a Soria para sofocar la revuelta en el PP

Rafael Alba
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El presidente del Gobierno en funciones demuestra a sus leales que su continuidad en el poder es la única garantía de que los populares eviten pagar la factura de la corrupción. Por si alguien aún lo duda, desde mi punto de vista, es mejor perder definitivamente cualquier esperanza. Hay que tenerlo claro. Solo un batacazo electoral, a la tercera, la cuarta, la quinta o la enésima, podría conseguir que el imperturbable Mariano Rajoy decidiera dar un paso al lado, abandonar la política y hacer posible una renovación de su partido que contribuyera a terminar con el bloqueo político en el que se encuentra inmerso el país. Y ni siquiera con las urnas claramente en contra, el político gallego iba a ponérselo fácil a todos aquellos que ven en su defenestración la única puerta de salida real a la peculiar situación política española.
 
Ni Mariano se va a ir ni, además, los otros presuntos contrapoderes que también se mueven bajo la superficie en calma de las aguas que corren hoy por hoy por la sede de Génova van a hacer movimiento alguno que pudiera complicarle en estos momentos la vida al líder supremo. Para nada. Por mucho que el fallido debate de investidura haya demostrado que con la actual composición del Parlamento y con un Pedro Sánchez empeñado -el sí- en mantenerse en el cargo de secretario general del PSOE en medio del fuego cruzado que disparan contra él sus críticos, sólo un milagro podría permitir ahora que Rajoy dejara de ser un inquilino interino en La Moncloa sin que los españoles volvieran a votar este mismo año.
 
Para empezar el milagro puede producirse en cuestión de días gracias a la inestimable ayuda del independentismo catalán que tan buenos servicios ha prestado y prestará todavía a ese supuestamente debilitado Mariano Rajoy que se defiende contra las cuerdas en un combate que aún espera ganar a los puntos. Si la moción de confianza a la que tiene que enfrentarse Carles Puigdemont se salda con la fijación de algo parecido a una fecha para la celebración de un referéndum unilateral de independencia y los ‘barones’ dejan en paz a Sánchez por un tiempo, el socialista puede tener una buena excusa para abstenerse y dejar que gobierne su encarnizado rival.
 
Y ni siquiera este es el único escenario posible. También sigue abierto el frente vasco, por mucho que el PNV se haya puesto ‘estupendo’ últimamente, lo que, según algunos entendidos que conspiran por Madrid, sólo es la posición lógica de quien antes de enfrentarse a una negociación quiere fijar un precio político alto como paso previo a las conversaciones que llegarán luego. Y ¿quién aportaría aquí ese diputado que falta para completar la suma en el caso de que los nacionalistas vascos entren por el aro? ¿Ese voto, sin el cual, por lo visto, Ciudadanos no se sumaría ahora al plan? A lo mejor la respuesta habría que buscarla en esos catalanes representantes del independentismo moderado que ya no tienen grupo parlamentario. Por aquello de que van a ayudar a que exista un Gobierno en España con el que sentarse a negociar una desconexión pactada. O por cualquier otra cosa si llega el caso.
 
En fin, que por mucho que el gran Felipe González llame a la rebelión, sus palabras no van a encontrar demasiado eco en el PP. Entre otras cosas, porque hay un montón de pesos pesados en apuros, con la justicia rondando por las inmediaciones de Génova. Hombres y mujeres relevantes con peso en el partido y en la historia de España que no se pueden arriesgar a que corran los vientos de la regeneración porque se juegan la vida en el intento. Y esos prebostes en peligro son perfectamente conscientes de que sólo si Rajoy se mantiene en el poder tienen alguna posibilidad de salir más o menos indemnes del trance. Ese rocoso Rajoy a quien todavía nadie ha conseguido doblarle el brazo.
 
Un tipo tan prodigioso, y leal a sus amigos, que no se olvida nunca de premiar la fidelidad de sus huestes. Por mucho que llueva o que truene. Y que, además, se encarga de recordárselo una vez sí y otra también a quién corresponden con órdagos de jugador de mus experimentado que no teme al peligro y ama el riesgo. Un hombre que es capaz, por ejemplo, de buscar buenos puestos de trabajo en el exterior a los políticos que se quemaron en defensa de la causa y hacerlo justo cuando más de la mitad del Parlamento le responsabiliza de haber dirigido el Gobierno más corrupto que nunca ha tenido España.
 
Pues ahí lo tienen. Ese es Rajoy. Un fajador dispuesto a encajar todos esos golpes el mismo día que desde el Ejecutivo en funciones que preside se anuncia que José Manuel Soria será nombrado director Ejecutivo del Banco Mundial a propuesta del estado español. Sí. Ese mismo ministro que tuvo que dejar el cargo tras quedar en evidencia tras el escándalo de los Papeles de Panamá. Y sin que hayan pasado más que unos pocos meses desde que estalló la polémica. Y no lo hace cualquiera. Lo hace Luis de Guindos, el ministro de Economía y el supuesto enlace entre Madrid y los siniestros poderes financieros internacionales que controlan el mundo.
 
Rajoy ha salvado a Soria, mantiene a Rita Barberá y a Alberto Fernández Díaz en sus posiciones blindadas, a pesar de lo insostenible y ampara, en fin, a todos los corruptos que ha engendrado su partido en los últimos años, de tal modo de que su figura al frente del PP es un verdadero seguro para todos ellos. Para todos esos políticos con posibilidades de ponerse un día de estos un pijama a rayas. Hombres de mujeres notables y con contactos que se han convertido en verdadero blindaje del político gallego. Aunque, probablemente no el único.
 
También puede estar el hecho, sobreactuaciones aparte, de que en los ámbitos cercanos al poder económico mundial esto de que en España se repitan una y otra vez las elecciones, no gusta, por supuesto. Inquieta bastante y, por lo mismo, en la medida de lo posible se espera una solución al impasse. Pero como demuestra también la inamovible posición de Albert Rivera, y ya ha reconocido alguna dirigente de su partido como esa lengua ágil conocida como Begoña Villacís, por muy malo que esa este escenario, aún hay otro peor. Ese en el que las hordas populistas de extrema izquierda que representan Unidos Podemos y su entorno y encabeza el malvado Pablo Iglesias, consiguen tocar poder.
 
Así que si hay que convocar esas temidas terceras elecciones se convocan y punto. Sobre todo. si las encuestas siguen resultando desfavorables para el ‘ejército rojo’. Con los ‘podemitas’ a la baja los problemas pierden mucha gravedad, porque siempre podrían encontrarse fórmulas más o menos razonables para vestir el muñeco de la regeneración democrática sin que haya que tocarles ni un pelo más de la cuenta a los ‘trincolaris’ de cuello blanco. Y también para encontrar consensos de política económica que no pongan en riesgos los avances consolidados por el neoliberalismo gracias a la ventana de oportunidad que se abrió con la crisis. O eso se cuenta estos días en algunos portales de Internet especializados en los que se narra que, en opinión de muchos analistas financieros, los mercados van a seguir tranquilos mientras las expectativas electorales de Podemos sigan moviéndose a la baja. Otro mérito, por cierto, que el gran Mariano Rajoy no duda en atribuirse.
 
Y mientras la política se atasca, la economía española sigue navegando a medio gas con esa ‘mala salud de hierro’ que configura un escenario de leve mejoría, a pesar de la precariedad y de las múltiples amenazas que se ciernen sobre ella, supuestamente derivadas de las variadas melodías que suelen interpretar las trompetas del apocalipsis al compás de esos miles de desastres políticos anunciados que no terminan de concretarse. Y ahí está para demostrarlo el ejemplo del ‘Brexit’. La victoria en el referéndum británico de los partidarios de que Reino Unido abandone la UE no ha tenido, de momento, mayores consecuencias. Aunque, es cierto que ese resultado no ha tenido ninguna consecuencia real todavía.
 
Pero, ¿llegara a tenerla? Es de suponer que sí, lo mismo que también es más que probable que después de que, por fin, Londres se desvincule definitivamente de Bruselas no se produzca la hecatombe económica tantas veces anunciada. Por lo menos, si como explicábamos en los párrafos anteriores, las expectativas de que el movimiento popular de contestación a las políticas neoliberales que aún sigue vivito y coleando en toda Europa -Sí, también en España- sigue sin concretar una oferta electoral atractiva para las mayorías y sigue, por lo tanto, más o menos alejado de los ámbitos de poder en los que se toman las verdaderas decisiones que afectan a los amos del universo.