Aquella irrespetuosa y folclórica frase

Azúcar

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Era la Cuba en busca de doce meses de revolución. No había pasado de los diez años de edad, cuando conocí esa definición por boca de una mujer. Ocurrió durante una tarde en que regresaba a casa con un suelto de un número de la Lotería Nacional al precio de 25 centavos.

Debía cruzar forzosamente por la plaza camagüeyana cercana a la línea del ferrocarril donde se podía adquirir o contratar hasta el más insospechado artículo o servicio. El establecimiento hacía esquina. Era un bar con el llamativo nombre bien mexicano: Las Cuatro Botellas.

En plena acera o muy cercano, disponía de un expendio rápido de bebidas entre ellas el Prú oriental y la piñita Pijuán, autóctona de la provincia e ideada por el español Don José Pijuán  Ventura. Fue entonces cuando por coincidencia de caminantes, topé con un hombre joven que le inquiría alegre a la joven, no sin cierta maldad del lenguaje, qué tenían para beber. La atractiva muchacha le respondió de inmediato, llevándose sus manos hacia ese lugar que le llamaban todavía sus “partes pudendas”:

-Agua de bollo.

Fue como un relámpago para las entendederas que me estremeció de pies a cabeza. Por un instante quedé paralizado. No podía quitarle los ojos de encima a ese sitio que ella mostraba. Recuperado de la emoción, apreté el paso hasta casa para preguntarle a mi madre qué era eso. Ella no pudo menos que interrogarme dónde lo había escuchado. Al explicarle con lujo de detalles el sitio y sus participantes, fue tajante:

-A ese lugar no vayas más. Son mujeres de la vida.

Nunca olvidé aquella frase. Ahora, seis décadas después, aquejado de múltiples achaques entre ellos la diabetes, debo tomar leche descremada adquirida sólo por cartilla y con certificado médico de por medio. En realidad, ahorrándola, a tres pequeñas cucharaditas de postre por taza a duras penas se llega a la quincena.

Y así estaba, haciendo más pequeña la dosis, cuando llegó mi esposa, que no vivió aquellos tiempos, para interesarse por lo que hacía.

-Agua de bollo -le repliqué.

– ¿Y eso qué cosa es?

-Que mi madre te cuente. Y si no lo desea, vete a El folclor médico de Cuba, de José Seoane Gallo, que él te lo explicará mejor.

 

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