Alegría por no comer mangos

Cuba La Habana Che Guevara tienda

Tienda en La Habana

Un conocido, que posee una pequeña finquita radicada en esos municipios habaneros donde hasta se pueden tener un par de vacas de ordeño, cuatro gallinas y un cerdo, posee tantas matas de mango que decidió crear su propio negocio junto a algunos amigos.

Y menciono lo de su propio negocio porque en tal caso, no me cuadra mucho esa denominación, internacional por cierto, de pequeña empresa o MIpyme.

La razón no fue otra que el exceso de frutas en cada temporada. Si unos años atrás el vender cuatro mangos podía ocasionarle una reverenda multa, prisión y hasta decomiso de la propiedad si no era del agrado de alguien, amparado en las nuevas disposiciones o leyes ahora puede comercializar sin problema alguno lo que es suyo. Una aplaudible y necesaria decisión de las autoridades por destrabar e impulsar las fuerzas productivas cuando el colapso económico del país no está muy distante que digamos.

Ahora viene la sorpresa en el primer paso emprendido por él y sus “socios”. Sabiamente decidieron hacer pulpa de la fruta y comercializarla. Echada a correr la voz, no tardó mucho en presentarse una persona que le ofreció comprarle toda la producción. Que conste no era ningún particular con mayores empeños, sino un administrador de una Mipyme dedicada a fabricar helados.

Mucha satisfacción le hubiera dado a mi difunto amigo, el español Carlos Humanes, conocer de esta noticia que desde que puso un pie en Cuba allá por los 90 del siglo pasado no se cansaba de proponérselo a cuanto ministro, político o bancario se topó en el camino.

Por mi parte, muy feliz por no comer mangos porque otro, con menos pretensiones, los podrá vender libremente en la puerta de su casa.