Telaraña en el puerto cubano de Matanzas

Puerto de Matanzas

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Ojalá, que es la palabra árabe más empleada en lengua castellana, esté equivocado de pies a cabeza, pero hasta donde conozco, gracias a los medios informativos nacionales y otros internacionales, por esa hermosa bahía matancera, con un valor paisajístico inigualable para darle la bienvenida al forastero, no ha entrado hasta ahora ni un buque de respetado porte o una chalupa con veinte jeringuillas desechables y par de bolsas de leche para diabéticos.

Y pudiera pensar, además, por su aeropuerto internacional, con 12 vuelos de Rusia por semana y tal vez otros de cualquier rincón de este mundo, no ha pedido pista una simple avioneta con modesta carga de insumos hospitalarios.

Ni por aire ni por mar tan siquiera con ese apreciable sentido simbólico. El “cable”, como decimos en buen cubano, nos lo estamos comiendo nosotros solitos. Por un lado, las menguadas reservas gubernamentales y por la otra esos gestos tan humanos del cubano de a pie, de ir a una dirección de tal iglesia, y dejar allí dos jabones, un poco de azúcar y medio blíster de paracetamol. Y con el mismo ánimo, ciertas contribuciones de cubanos que viven fuera de la isla.

La pregunta sin respuesta de momento es una: ¿Ha pedido o no ayuda Cuba para enfrentar tan adversa situación? Pero, además, otra interrogante: ¿Es el falso orgullo quien impide que la solicitemos?

Desde el mismísimo uno de enero de 1959 la revolución cubana se ha caracterizado por un espíritu solidario pocas veces visto en este mundo. Una actitud que se mantiene hasta nuestros días.

Por ello, no debo ocultar mi asombro a estas alturas de las vicisitudes matanceras, santiagueras, villaclareñas o guantanameras para no mencionar todas las provincias, no haya leído, visto o escuchado esa corta frase de “cubanos, esto es para ustedes”.

Nada, que como en la vida personal ya hemos aprendido la lección, ahora corresponde aplicarla al contexto social con ciertas modificaciones según el estado de ánimo o preparación cultural: que hay que estar jodidos para comprobar dónde están los amigos.

En verdad, se lo suscribo al lector, que nunca como antes, deseo estar equivocado.