Sólo Dios sabe porque hace las cosas

Virgen Cuba
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Por mucho que se intente darle educación a la gente en Cuba, los resultados son poco visibles. Todavía los hay que tocan a la puerta, sobre todo en estos días festivos, y con el recital a punta de labios de que si felicidades a diestra y siniestra, bendiciones, salud y buenos augurios, llegan a tu casa sin previo aviso en el momento más inapropiado, justo en el instante en que te dispones acudir a la santa y excepcional misa.

Y a ese llamamiento con licencia celestial no se podía faltar. Así como el padre Nicanor, en Cien años de soledad, convocó a sus feligreses para una demostración práctica de los poderes de Dios al provocarle levitar frente al altar luego de tomarse una jarra de chocolate caliente en medio de un calor infernal, nuestro cura párroco había anunciado desde días pasados, que luego de la liturgia se procedería a una extraordinaria rifa.

Para evitar engañifas y hacerlo lo más transparente posible, sobre una mesa muy bien decorada estaban dos cestas con tantos artículos como este servidor jamás había visto en su larga vida. Todos de primer orden y necesarios. Luego, en agradable compañía, envuelto en papel regalo y con un llamativo lazo, un juego de bingo y para completar el botín, una caja de seis botellas de vino muy probablemente donadas para la ocasión por algún diplomático de los que frecuentan el templo. Nunca mejor dicho que por puro milagro no estaba también allí un pernil de cerdo.

Por un valor irrisorio, cada ticket con su número correspondiente de igual forma que esas eternas colas hasta para la llamada salsa china, ahora con devotos fervientes y antes consumida por muy pocas personas.

La tentación, sana para ese entorno, era irresistible sobre todo porque los vinos, el bingo o cualesquiera de las mega cestas podrían adornar este fin de año la despensa o la mesa. Y si a esto agregamos que no más de 50 seres humanos se encontraban en la iglesia, las posibilidades de la buena suerte no estaban muy lejanas.

Aunque inoportuno, fue grato el encuentro hogareño que terminó justo a la par de la misa. Ya bien lejana la visita, no dejaba de pensar en quiénes fueron los agraciados. ¿Habrá cantado el monaguillo el 45, 46, 47, 48 ó 49?  Mi compañera, sin embargo, lo apreció de otra forma:

-Sólo Dios sabe porque hace las cosas…