(Sandy) Alex G se acerca al gran público con ‘Rocket’

Alex G
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Aunque ya era conocido en el selecto grupo de entendidos que conocen los secretos y los movimientos tectónicos del reciente pop de vanguardia, el nombre de (Sandy) Alex G se ha hecho visible para el gran público no hace mucho. Todo gracias a su participación en los últimos y laureados trabajos de Frank Ocean, uno de las grandes estrellas del R&B de hoy.

Ocean trabajó con el artista de Filadelfia durante unas cuantas sesiones que fueron fructíferas y permitieron a (Sandy) Alex G figurar en los créditos de ‘Blonde’ y ‘Endless’, dos álbumes multivendedores y muy laureados. Y es probable que está feliz circunstancia le haya aportado mucha más visibilidad que todo el trabajo que había realizado anteriormente.

Y no era poco. Este particular cantautor ya acumulaba siete álbumes, a pesar de su corta edad. Le faltan unos meses para alcanzar el cuarto de siglo, pero ya se ha consolidado como uno de los geniecillos emergentes de una nueva generación de artistas, millennials todos ellos, que, sin embargo, parecen decididos a volver a definir el marco en el que se produce la relación entre el artista y el consumo de sus productos.

Justo cuando nadie compra discos, según se dice, cuando sólo se consumen canciones sueltas y por Internet y cuando el formato CD y los álbumes conceptuales parecen haber muerto ha aparecido un grupo de veinteañeros notables que, de alguna forma, parecen representar un movimiento de restauración de las viejas y buenas costumbres. Ellos tienen que ver, por ejemplo, con el regreso paulatino del formato vinilo. Pero también con otras cuantas cosas.

Les gustan los álbumes. Han escuchado muchas viejas obras maestras del pop y aspiran a completar colecciones de temas compactas y con una conexión estética real que permitan a sus discos reclamar la condición de obras indivisibles. Además, parecen tener capacidad para conseguir sus propósitos. Y capacidad para presentarse con el marchamo rupturistas de quienes apuestan por una corriente de renovación.

La apuesta ganadora de (Sandy) Alex G es este ‘Rocket’ del que nos ocupamos hoy. Un disco moderno, pero con gancho comercial suficiente, integrado por 14 canciones que se extienden a lo largo de 41 minutos de música variada y en el que este músico demuestra ser un compositor imaginativo y con muchos recursos. Tomados del presente más rabioso, pero también del pasado más ancestral.

Hay muchos estimulantes aires ‘folkies’, en este trabajo, muy agradable y mélodico, a ratos, y muy bronco y casi experimental en otros momentos. (Sandy Alex G) honra el formato canción, por un lado, pero también desbarra en los arreglos cuando le conviene de modo que hay pocas cosas verdaderamente convencionales aquí. Aunque, justamente en esos momentos en los que se mueve cerca del territorio del pop intemporal es cuando se muestra más brillante, en mi opinión.

En ‘Bobby’, sin ir más lejos. El primer single y mi canción favorita del álbum, por el momento. O en ‘Proud’, un medio tiempo delicado que se beneficia de la energía de uno de esos ritmos de guitarra acústica interpretados con las dinámicas justas y que hacen avanzar el arreglo rumbo a lo desconocido, con el apoyo de algunos arpegios dinámicos a cargo de un piano euforizante.

Algunos críticos han puesto el acento en la maravillosa producción de un álbum pequeño, grabado, probablemente, en un ordenador pórtatil que parece reproducir la magia de los viejos estudios en los que sólo se disponía de un número limitado de pistas. Lo que obligaba a los artistas a usar el ingenio como arma letal definitiva para conseguir los climas exactos que querían.

Otros prefieren resaltar las letras. Ingeniosas y llenas de imagenes atormentadas y situaciones extrañas e inquietantes. Porque, y esa es probablemente, otra característica generacional a tener en cuenta, para los nuevos trovadores, estos cantautores extraños de hoy, esta claro que las palabras que se cantan importan tanto como el resto de los elementos que forman parte de la canción.

Aunque eso no impide a (Sandy) Alex G, utilizar todo tipo de referencia estílisticas en los arreglos. Desde el jazz, al country más clasicista con violines campestres y resonancias que parecen tomadas de los viejos estudios de Nashville. Pero también, guitarras distorsionadas, percusiones caóticas y, unas raciones de ‘autotune’ que parecen haberse convertido en un soniquete inevitable del tiempo presente. Algo parecido a aquellas cajas ‘subidas’ de reverb que todo el mundo utilizaba en los ochenta.

Como siempre una advertencia final. Este es un disco que hay que oír varias veces antes de poder obtener la placentera rentabilidad que algunos aficionados buscamos en la música. Y no esperen empezar a silbar un estribillo desde la primera escucha. Hay muchas capas sonoras aquí, y muchos vericuetos. Pero una vez pasadas las barreras, incluso las generacionales, esta música se disfruta. Y demuestra por enésima vez que hay muy buen pop en esta segunda década del siglo. Sin lugar a dudas.