Gérard Depardieu

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Quienes conocen de cerca a Gérad Depardieu coinciden en dos apreciaciones, que es un buen actor – cosa que sabemos todos — y que es un sujeto indeseable, algo de delatan sus comportamientos. Su biografía nos brinda recuerdos de películas y personajes inolvidables, algo que hay que apreciar, pero también recuerdos de su actitud gamberra y pendenciera  y su proclividad a beber en exceso sin soportar con decoro los efectos del alcohol.

Ahora se ha puesto de actualidad, y no por una nueva interpretación cinematográfica memorable. Parece que se ha olvidado de que es lo que es, que llegó a donde llegó y acumuló la riqueza que según parece posee después de haber estudiado en centros públicos, pagados por todos los franceses, de haberse beneficiado del estado de bienestar de su país y de haber triunfado en el cine subvencionado a menudo por diferentes organismos públicos.

Pero eso no le anima, ahora que le tocaría a él contribuir para que otros se beneficiasen del mismo modo, ha reaccionado como el provocador insolente que siempre ha sido: ha abandonado su país en busca de algún refugio fiscal para su dinero hasta acabar refugiándose en el “paraíso” discutible de la Rusia de Vladimir Putin, otro personaje que tal baila, es decir que sí, que Dios los cría y ellos se juntan.

En Rusia Depardieu tal vez pagará menos impuestos, suponiendo que vaya a pagar alguno, gracias a prestar su jeta para disfrazar la imagen de un régimen seudo democrático en el que triunfan la corrupción política, los atentados contra la libertad y las mafias de diferentes calañas. A la sombra de Putin, el antiguo represor del KGB que ahora encabeza el Estado, es más que probable que pueda sentirse en su mejor ambiente, rodeado de golfos y consumidores voraces de vodka.