Los coleccionables

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Ya está aquí septiembre con sus planes de “buenismo” entre los que se encuentran adelgazar, leer más y no sofocarse tanto. Para compensar el tedio del fin de semana se ofrecen colecciones variopintas; los kioskos tienen aspecto de puestecillos del Rastro dónde se encuentra de todo menos lo que andabas buscando. Es absurdo que en los lugares dónde se debería vender cultura uno pueda llevarse dos cacerolas de regalo.
Por lo que se ve tira mucho el rollo “revival” que lleva a coleccionar camionetas antiguas, cocinas de antes, muñecas de trapo, y un amplio catálogo que dice que si perdimos el pasado al menos podemos retener algunos de sus objetos, (a pequeña escala).
Lo mejor de una colección es no completarla nunca porque así se tiene algo de lo que hablar. No conozco a ningún niño que haya acabado los cromos del álbum de Primera División, al revés, los patios se llenarán de críos que cambian repetidos por otros cromos distintos. Con los años los álbumes de infantiles se convierten en la fotografía de lo que fue nuestro ocio. Antes los pegábamos con goma arábiga que colocaba un montón pero ahora vienen con adhesivo detrás de Casillas, (los niños echan en falta el cromo de Carbonero).
Rajoy y Zapatero deberían aprender de los fascículos para colocar su producto. “Miguelin” podría ser resultón, y el “no sé yo” de Rajoy sería el top de ventas en la colección de politonos de España.

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