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El país donde nadie dimite

Nadie reconoce haberse pringado en la gestión pública, haber cometido cohecho, prevaricación, lavado de capitales, aceptado sobornos o comisiones… Cuando yo era niño me enseñaron el pasado, el presente y el futuro del verbo amar, que ya no usaban más que algunos cursis, pero jamás vi en ningún texto escolar ni escuché a algún maestro o profesor, conjugar el verbo dimitir, que tanta falta nos hace ahora poner en práctica. Tal vez esa ancestral carencia en nuestro deplorable sistema educativo para la convivencia y la tolerancia sea la causa directa de que España se haya convertido en el país en que nadie dimite.

Nuestros políticos, por el contrario, son los más grandes expertos en el arte de resistir el qué dirán, de qué me acusan y nada importa que me hayan condenado. Dimitir, nunca. Y los corruptos, que están saliendo a la superficie igual que las setas en esta época, los menos proclives. ¿Para qué?, imagino que pensarán algunos, ¿para qué mi poltrona sea ocupada por otro más corrupto que yo? Claro que de boca para afuera, todos se consideran inocentes, víctimas de errores judiciales o policiales.

Nadie reconoce haberse pringado en la gestión pública, haber cometido cohecho, prevaricación, lavado de capitales, aceptado sobornos o comisiones… La verdad es que yo nunca he conocido a ningún corrupto confeso ni responsable de sus acciones pasadas de tantos como la opinión pública estima que lo primero que deberían hacer es dimitir de sus cargos y funciones. En cambio, si conocemos muchos casos de ciudadanos de alto standing que están en prisión, en libertad condicional, procesados o investigados que juran y perjuran que jamás han pecado contra el Séptimo mandamiento tan olvidado hoy en día.

Últimamente algunos se descargan la conciencia alegando que dimita Rita, Rita Barberá se entiende, pero la ex alcaldesa de Valencia, es una profesional del cargo inmunizada contra críticas y acusaciones que no hacen mella en su piel resbaladiza. Ella dejó la poltrona municipal porque sus vecinos la echaron con votos destemplados, y aquella noche mostró su rostro humano llorando, pero enseguida se ha acomodado en el Senado, Rajoy la impermeabilizó con el aforamiento y, de dimitir, pues, qué va a decir ella, que dimitan los del PSOE.

Que por cierto, también, también deberían predicar con el ejemplo para seguir acusando a otros con plena legitimidad. Pero entre los socialistas la alegada inocencia de los corruptos, que en sus filas haberlos los ha habido y haylos todavía, genera actitudes de aquí no me marcho ni me levanta nadie.

Es verdad, dimitir es algo muy desagradable mayormente para quienes usufructúan poder.

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El país donde nadie dimite

Diego Carcedo

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