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La vida después de los 30

Pablo Gómez Perpinyà, Senador y coportavoz de Más Madrid

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El sábado cumplo 32 años y eso, además de hacerme un año menos joven, me convierte en parte del medio millón de españoles que en los últimos dos años han superado dos situaciones críticas: la pandemia y la crisis de los 30. Hoy, magullados pero enteros, y a las puertas de un 2022 que -una vez más- promete ser el de la recuperación, creo que es el momento idóneo para echar la vista atrás y contar mi versión parcial, quizás injusta e imprecisa sobre lo que nos ha pasado en las últimas tres décadas.

Nacimos sobre el polvo de los escombros del Telón de Acero, de la mano del nuevo PP de Manuel Fraga y tras una huelga general histórica contra los contratos temporales que Felipe González regaló en las navidades del 88 a los trabajadores. España escuchaba Madonna, despegaba Chimo Bayo y encabezada la lista de los 40 principales un tal Loquillo que años después aparcaría el Cadillac para dejarse seducir por Albert Rivera y su “alternativa no rupturista”. La Quinta del Buitre cedía el testigo al Dream Team, con permiso del Atleti de Futre y del zurdazo de la final copa que aun anda buscando por la escuadra del Bernabeu el gran Paco Buyo. Época de cambios que anticipaba la vuelta al gobierno de la derecha de la mano de un Inspector de Finanzas del Estado, que de joven fue falangista y que terminó posando los pies nada más y nada menos que sobre la mesa de la Casa Blanca.

La sociedad de la información abrió las puertas a la versión más descarnada del entretenimiento audiovisual con el crimen de las niñas de Alcáser o el fallecimiento de Lady Di. Netflix lo relataría años más tarde en un remake que nos permitiría observar nuestro propio comportamiento de hace unos años como quien contempla en el zoológico la jaula de los monos. El teléfono móvil pasó de popularizarse a convertirse en una extremidad más de nuestro cuerpo, saltando de los sonitonos a las pantallas 4K en apenas 10 años. Una transición tecnológica que fue avanzando con el nacimiento de las primeras generaciones de nativos digitales, los llamados centenials, y que han jubilado el mundo de los milenials antes de que hayamos podido cumplir los 40. La robotización y el desarrollo de la inteligencia artificial presentan un horizonte incierto y cuyos límites están aún por descubrir.

El hundimiento de la economía mundial durante la década de los 90 fue la antesala de un ciclo nacional que tuvo más subidas y bajadas que una fiesta en el Pont Aeri. Cerramos la década de los 80 con una tasa de crecimiento superior al 5% acompañada del periodo más largo de estabilidad de un partido en el gobierno que hemos vivido hasta la fecha, para entrar en recesión apenas tres años después. En 1993 el desempleo llegó al 24% y veinte años después, durante el gobierno de Mariano Rajoy alcanzamos el 26,9%. Fuimos campeones de Europa en paro, especialmente entre los más jóvenes, en consumo de cocaína y bronce en desigualdad. Ganamos Roland Garros tres veces con Nadal,  debutamos en la NBA con Gasol, superamos al mito del motociclismo de nuestros padres, Ángel Nieto, con Márquez; ganamos en balonmano, baloncesto, waterpolo y hasta levantamos una Eurocopa frente a la mismísima Alemania que luego nos estrangularía en forma de políticas de austeridad con la connivencia del decadente bipartidismo patrio. Fuimos campeones del mundo gracias al gol de un tipo de un pueblo de Albacete, de esa España que no sale en las portadas de los periódicos y que en los últimos años la han rebautizado como “la vaciada”.

En este tiempo hemos cerrado el capítulo de la violencia política en el País Vasco, por más que algunos se empeñen en que parezca lo contrario. Hemos logrado el matrimonio igualitario, el derecho a morir dignamente y hasta hemos declarado la independencia de Catalunya y encarcelado a sus responsables. Hemos puesto a Zapatero y después a Rajoy para posteriormente quitarle mediante una moción de censura. Llenamos las plazas al grito de “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros” e hicimos saltar por los aires algunos de los consensos del 78 para, finalmente, terminar defendiendo la Constitución ante el avance la extrema derecha. En política la victoria y la derrota es un concepto relativo. Hemos ganado el 8M y perdido en Tik Tok. Hemos creado partidos y luego los hemos destruido para, a continuación, crear más partidos; mientras dos factores han permanecido constantes como verdades reveladas de nuestra democracia: la derecha siempre sale a votar y el PSOE siempre termina defraudando.

En España han nacido en 2021 191.000 niños y niñas, la cifra más baja desde que hay registros. Dice la Ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, que no debemos temer por el futuro de las pensiones porque están garantizadas por la Constitución. Pero lo cierto es que la caída de la natalidad dice mucho del tipo de sociedad hacia la que caminamos. Ahora en el Senado, que es donde trabajo actualmente, hablamos de despoblación, de soledad no deseada, de salud mental, de cambio climático y de la precariedad como una condición que supera el ámbito de lo laboral y que determina más que cualquier otra las vidas de la gente de mi generación. Por eso formar una familia se ha convertido en un reto a nivel económico, pero, sobre todo, en un acto contracultural. Tarde o temprano la factura llegará.

Decía el otro día Pablo Casado que “si tienes trabajo y una nómina puedes acceder a un alquiler”. Sin embargo, la realidad a pie de calle es un poco diferente a como se ve desde la planta noble de Génova 13. Hoy en España hay 2,5 millones de trabajadores que no llegan a fin de mes y los jóvenes necesitan nueve años de trabajo y la mitad de su sueldo para poder independizarse. Quizás haya llegado la hora de tomarle la palabra a Ayuso y empezar a hablar de libertad, pero con mayúsculas.