La inflación más alta en tres décadas golpea el bolsillo de los ciudadanos

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La inflación ha vuelto. Tras años con mínimas subidas de precios, el IPC cerró noviembre con una subida del 5,5% respecto al año pasado, una cota que no se veía desde septiembre de 1992, hace 29 años. En el resto del mundo la tendencia es similar, con alguna excepción como Japón, donde los precios continúan en negativo.

La inflación de la zona del euro ya se sitúa en el 4,9%, aunque es bastante inferior a la española, se encuentra muy lejos del objetivo del BCE de mantenerla por debajo, pero cerca, del 2%. Mientras que EEUU, con una tasa anual del 6,8% en noviembre, está experimentando el ritmo de crecimiento más alto en casi cuatro décadas.

No son solo simples datos macroeconómicos. Los consumidores ya notan en sus bolsillos estos efectos en el día a día: la factura de la luz y de la calefacción está disparada; el precio de la gasolina, por las nubes; y también crece con fuerza el precio de los alimentos básicos y de la vivienda.

¿QUÉ HA PASADO?

Después del Gran Confinamiento del año pasado, cuando gobiernos de todo el mundo decretaron una paralización casi total de la actividad económica, la progresiva vuelta a la normalidad hizo repuntar el consumo de los hogares y la reconstitución de las existencias de las empresas, de modo que la demanda estalló y la oferta no pudo mantener el ritmo. Ya durante la pasada primavera, la inflación comenzó a convertirse en un problema.

Los precios de muchas materias primas, como el petróleo, el carbón o la madera, se dispararon. El sector tecnológico sufrió también una escasez de chips, esenciales en sectores como la telefonía o el automóvil.

Además, a ellos se ha unido la congestión de las rutas del comercio mundial, con numerosos puertos bloqueados, sin mano de obra suficiente para cargar y descargar los navíos, lo que también ha hecho aumentar hasta niveles récord los precios de los fletes.

Los problemas laborales también son otra fuente de preocupación. En algunos países, como EEUU, las empresas están teniendo dificultades para contratar suficientes trabajadores para satisfacer la demanda y la tasa de participación de la fuerza laboral es 1,7 puntos porcentuales más baja que antes de la pandemia. Además, continúa la sangría de estadounidenses que dejan el mercado laboral desde que despegó la recuperación, un fenómeno cuyos motivos aún no están claros del todo.

¿INFLACIÓN TRANSITORIA O NO?

Pero ¿hasta cuándo durará la alta inflación? Este es uno de los grandes debates económicos del momento y que enfrenta a dos corrientes. Por un lado, la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, que insisten en que se trata de un fenómeno transitorio y que responde a un efecto de base distorsionado, porque se comparan los precios con 2020, cuando el consumo se desplomó.

El BCE asegura que la inflación se irá «desvaneciendo gradualmente» a partir de enero de 2022, mientras que la Fed calcula que la moderación de precios se produzca en la segunda mitad de 2022. En cualquier caso, el vicepresidente de la autoridad monetaria europea, Luis de Guindos, ha reconocido que la inflación “es el elemento más preocupante” para la recuperación económica.

Enfrente de estos bancos centrales se sitúan los llamados halcones, que avisan de una espiral inflacionista por los de los temidos efectos de segunda ronda, que están comenzando a materializarse. Entre los más ortodoxos también hay algunos bancos centrales, como el de Canadá, que sorprendió recientemente al mercado al anunciar el fin de su programa de expansión cuantitativa.

La tesis del BCE y de la Fed, de que el aumento de la inflación es transitorio empieza a encontrarse cada vez con más voces en contra. La última, la del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF por sus siglas en inglés), el potente lobby financiero, que cree que hay “perspectivas limitadas” de una resolución rápida.

“La evidencia sugiere que el argumento ‘transitorio’ de los últimos seis meses se está volviendo gradualmente menos persuasivo a medida que los cuellos de botella relacionados con las interrupciones de la cadena de suministro parecen ser más persistentes de lo que se pensaba anteriormente”, apunta el IIF, quien considera que es mejor describir la situación actual como “un aumento de la inflación por ‘shock de oferta’ con perspectivas limitadas de resolución rápida”.

Los economistas de la asociación avisan de que, incluso excluyendo los productos alimenticios y energéticos, los precios subyacentes estuvieron “muy por encima de las metas de inflación en varias economías avanzadas y emergentes”.

EL TEMOR DE LA ESTANFLACIÓN

Hasta hace poco parecía improbable que las economías europeas pudiesen dirigirse hacia un escenario de estanflación, es decir, una situación que combina un estancamiento de la economía –con efectos sobre el empleo- con una subida de la inflación, similar a la que se vivió en la década de 1970. Pero las fuertes subidas de los precios de la energía y el aumento de los contagios de covid -junto a los temores por la nueva variante Ómicron- empiezan a hacer que el debate no se ignore.

LA PÉRDIDA DE PODER ADQUISITIVO

La inflación también está provocando una considerable pérdida en el poder adquisitivo de los trabajadores. Y la supuesta “transitoriedad” de la subida de precios no significa que se pueda recuperar. El dato del IPC es un dato acumulado. Eso significa que si el próximo año la tasa se sitúa en un 2% (el objetivo del BCE), será una subida de un 2% a sumar a la registrada en los años anteriores.

Sin embargo, el BCE teme que se produzcan los denominados efectos de segunda ronda: que los sueldos suban para igualarse a la inflación, provocando a su vez más inflación y generando una espiral alcista que acabe obligando al responsable de la política monetaria a elevar los tipos.

Un temor que contrasta con otro, el que tienen los trabajadores de no llegar a fin de mes o ver su capacidad de compra muy mermada. O como afirmaba recientemente IPSO, el sindicato de la plantilla del propio BCE, “incluso si el aumento de la inflación pudiera ser de carácter temporal -lo que todos esperamos-, no tenemos ninguna garantía de recuperar nuestras pérdidas” de poder adquisitivo.