La Habana se acicala, pero con mascarilla

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Un domingo bien diferente, aunque todavía con una contagiosidad de mucho cuidado. Restaurantes, bares y cafeterías que pueden ofrecer sus servicios al aire libre y distanciamiento entre mesas, están abiertos de par en par y no son pocos sus concurrentes a pesar de los elevados precios para los tal vez en mayoría.

Alguien con una pensión de 1.528 pesos (53 euros según la tasa oficial y 18 por la del mercado informal de divisas), pasará muerto de calor frente a una tablilla, verá una cerveza nacional helada a 110 pesos y hará como la astuta zorra cuando no alcanzaba las uvas: Gritará a los cuatro vientos que esa cerveza está caliente.

A pesar de los precios inflacionarios tanto en el sector estatal como privado, que nada tienen que ver con la pandemia, la ciudad capital comienza a adquirir su más cercano y característico movimiento de personas. El Malecón, con sus casi siete km de largo, ha vuelto a agrupar a los habaneros. Y hasta el teatro, de acuerdo al presidente de la República, debe encontrar las formas y mañas para que la gente asista con las debidas precauciones.

La Habana se levanta del encierro y del tedio al cabo de 20 meses de agonías e incertidumbres que aún no han terminado del todo porque la crisis económica está, -para decirlo en términos epidemiológicos-, en una meseta.

Los efectos positivos de las vacunas locales ya parecen hacerse sentir. De cualquier forma, las autoridades sanitarias no se cansan de advertir de que el riesgo está presente. Inclusive hasta después del 15 de noviembre, cuando las puertas de las murallas aéreas y aeroportuarias se abran un poco más. Lo suficiente para la explosión del “entra y sale” de la isla.

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