Esperando por Elsa la perversa

Árbol de La Habana

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Cuenta la sabiduría campesina cubana, muy probablemente por sus raíces canarias, que cuando el perro de caza estuvo a punto de atrapar la presa, el animalito tuvo una repentina e inesperada necesidad de primer orden. Dicho de otro modo, al can le entraron ganas de cagar y la víctima logró escapar.

Y era lo que nos faltaba en este interminable rosario de desgracias, que cuando más calma se necesitaba para paliar las dificultades y continuar la marcha de inmunización, llegue amenazante Elsa, la tormenta huracanada, a trastornarlo todo con más angustias y privaciones en el día a día.

La isla en pleno atacada por esas cepas de difícil control. El sábado, para no abundar mucho, otra cifra histórica de contagiados: 3.475 en un solo día, con 15 fallecidos a una cuenta que ya suma los 1.337 muertos.

¿Y qué nos traerá Elsa ahora entre la parte oriental de Cuba y la vecina Jamaica? Pues lo de siempre cada vez llega un huracán.  Fortísimos vendavales levanta-techos en las viviendas, lluvias intensas que suben su nivel con más rapidez que en el cine catastrófico, y la ira del mar en busca de terrenos robados en su tiempo. En fin, nada más que desgracias.

Los poco más de once millones de cubanos pendientes de su futura trayectoria de la que solo un milagro podría quitar a Cuba de su camino. Para esta madrugada de domingo comenzarán vientos y oleadas en el extremo sur de la más oriental de las provincias.

El llamado “cono” de los especialistas, que no es otra cosa que la posible trayectoria del meteoro, comprende a la ciudad capital, muy indefensa para un golpe de esa magnitud por el estado crítico de sus viviendas.

Esperar, uno de los verbos más empleados por el cubano, ocupa la primera fila. Aguardar por que el azote sea lo más benigno posible, atraviese la geografía insular por donde nadie viva y prosigamos el combate contra la Covid-19 y otros males no epidemiológicos.