La izquierda europea presiona a Canadá para renegociar el CETA

CETA
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Países como Austria, Francia o Alemania sugieren que mientras no haya cambios en el tratado, “no habrá nada que hacer”. Las partes implicadas lo consideraron “el mejor tratado de la historia”. Sin embargo, más de dos años después de que oficialmente se dieran por finalizadas las negociaciones, el CETA sigue siendo una hipótesis. La incertidumbre que pende sobre el acuerdo es tan elevada que la Cumbre UE-Canadá, que a priori se celebra el 27-28 de octubre, corre el riesgo de no producirse.
 
Son muchos los actores políticos que están presionando para que ese acuerdo varíe gran parte de su desarrollo. Entre esos actores se encuentran países como Austria, Francia o Alemania, que en mayor o menor medida se oponen a la aplicación del acuerdo actual. En cualquier caso, el tratado debe ser refrendado por las instituciones europeas, nacionales e incluso regionales, en algunos casos.
 
Lo paradójico es que la presión la estén ejerciendo países que han construido parte de su riqueza a través de este tipo de acuerdos. Sin embargo, la presencia o influencia de la izquierda en los gobiernos de Francia, Alemania y Austria está modificando su posición. Hay que tener en cuenta, como bien dice el socialdemócrata alemán, Joachim Schuster, que la percepción de la izquierda y del progresismo “es muy diferente en cada una de las orillas del Atlántico”.
 
Por ejemplo, los negociadores de Canadá consideran que Francia, Alemania y Austria están en la vanguardia cuando se trata de la protección social y la lucha contra el cambio climático y que perder ese terreno – al menos el teórico – supondría una dura derrota para los europeos. Como ya se está viendo en muchos países del entorno. Por eso los partidos ubicados a la izquierda están tratando de implementar medidas más ajustadas a su ideario.
 
En aras de seducir a ese sector de la política europea y de impulsar una “agenda progresista”, la ministra de economía canadiense, Chrystia Freeland, estuvo unos días reuniéndose con varios de sus homólogos europeos. Freeland aseguró durante su visita a la convención del Partido Socialdemócrata alemán en Wolfsburgo que el acuerdo iba a ser positivo y progresista para ambos lados del Atlántico. Y el partido aliado de Merkel acabó por aceptarlo no sin antes pedir ‘cosas a cambio’, renegociar partes del acuerdo y encontrar fuertes disidencias.
 
«Para nosotros, los socialdemócratas, el progresismo es una forma de política pública más amplios. Queremos que la globalización sea un motor de progreso económico y social en todo el mundo, la potenciación de los ciudadanos y el conductor del desarrollo sostenible” asegura Udo Bullman, miembro del partido socialdemócrata de Alemania. Bullman ha reiterado, al hilo de Schuster, que el significado del término ‘progresista’ es muy diferente en América del Norte respecto a Europa, por lo que no las tiene todas consigo de que Freeland vaya “a entendernos del todo”.
 
No obstante, asegura que la ministra canadiense “está comprendiendo por qué los europeos queremos preservar nuestro medio ambiente y proteger al consumidor”. Esto supone en sí un gran cambio en la relación entre las fuerzas de izquierdas y el Ejecutivo de Canadá, que según Joachim Schuster, con la entrada de Justin Trudeau ha abandonado las políticas neoliberales.
 
En Austria y Francia las cosas están más complicadas para Canadá. Karoline Graswander-Hainz, política del partido socialdemócrata que gobierna el país austriaco, asegura que quiere un CETA “que sirva a la gente corriente, no a las grandes compañías. Un CETA que mejores la vida de las personas y redistribuya la riqueza”.
 
Al hilo se posiciona Emmanuel Maurel, miembro del partido socialista francés que lamenta que el tratado haya sido negociado a ‘hurtadillas’. Además, considera que “el CETA está todavía muy lejos de los principios por los que luchamos”. Aun así, esta no es una posición compartida en todo el partido, ya que el mismo presidente, François Hollande, no se ha mostrado reacio al acuerdo. Es por ello que Maurel considera que el partido “debería preguntarse hacia sí mismo qué quiere”.
 
A pesar de todas estas presiones, la ministra canadiense, Chrystia Freeland, ha asegurado que de momento descarta cambios sustanciales en el CETA y rechaza una nueva ronda de negociaciones.