Desvelados a diestra y siniestra en La Habana

Ventana

Ventana en un edificio de La Habana por la noche

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No hace mucho tiempo, en estas jornadas pandémicas, le pregunté a un cualificado profesional si él consideraba que algún que otro elevado cargo podía dormir tranquilamente toda la noche en medio de tantos problemas y preocupaciones. La respuesta no fue extensa, sino concisa:

-Lo dudo. Necesitan al menos de un inductor al sueño.

El tiempo ha pasado y para quien suscribe, el mal dormir ya se está convirtiendo en algo habitual, cíclico al margen de los calores reinantes. Todo, hasta una madrugada reciente en que el vecino de los altos tenía prendida la luz de la sala y el otro de enfrente, el cuarto de estudio. Ninguno dormía. Aumentaron entonces las inquietudes.

Luego supe que la señora de los bajos, que en su jardín cultiva tilo o tila (da igual) ya carecía hasta de una ramita para regalar o socorrer a los insomnes.

Suceden tantas cosas en Cuba, que el Macondo de Cien años de soledad, nos trae a cada rato imágenes o relatos que no por surrealistas ya vivimos en su momento a lo largo de toda la historia desde que llegó el Gran Almirante.

Tanto, que he pensado en algo similar a esa enfermedad del insomnio que trajeron unos indios a Macondo y que de repente nadie dormía. Y peor aún, que con ella llegase el olvido y fuera necesario colocarle un letrero a cada cosa con su nombre y utilidad.

Amaneció. Fui prudente en marcar un número de móvil para llamar a un colega y preguntarle cómo estaba durmiendo. El insomnio también le visitaba. Intercambiamos algunos pareceres hasta que llegó la conclusión final:

-No, no es cosa de la cabrona edad. Recuerda que a los 15 y a los 20 vivimos siempre rodeados de estrés y nos lo pasábamos por los cojones.

Tal parece que al personaje de José Arcadio Buendía no le faltaba razón al precisar que “si no volvemos a dormir, mejor. Así nos rendirá más la vida”.

O que el poeta estaba en lo cierto cuando declamó que dormir era regalarle horas a la muerte.