Cuando lo esencial se hace visible a los ojos

Una muestra de coronavirus en un laboratorio en San Francisco (EEUU)
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Esta semana nos dejaba Michael Robinson, cuya vida no era segada por la COVID-19, sino por un maldito melanoma con metástasis que nos ha hecho huérfanos de su voz y su persona. A pesar de luchar de forma ejemplar hasta el final, sus médicos le habían advertido de lo peor: es incurable. “Incurable”, una palabra que nunca nadie quiere oír, y que con alta probabilidad retumbará en nuestras cabezas en algún momento de nuestras vidas. La enfermedad nos golpea a todos, en estos días en forma de ola pandémica, sin distinción y sincronizando nuestras preocupaciones y miedos. Una macabra demostración global de que no cuestionamos la necesidad de invertir en ciertos recursos esenciales hasta que algo no nos afecta directamente.

Desde hace muchos años, décadas, los colectivos científicos venimos advirtiendo de la falta de apoyo a esos recursos y de que el camino a seguir es invertir en investigación, pero no sólo en Biomedicina, sino en todas las áreas de conocimiento. Mientras, en cambio, hemos observado con estupor cómo la inversión en I+D+i de nuestro país menguaba de un 1,4% del PIB en 2009 al 1,2% actual, situación agravada por la imposibilidad de ejecutar en gran medida parte de lo presupuestado, un giro de tuerca bizarro provocado por nuestros gobiernos cada vez que maquillan los PGE incluyendo grandes montantes en partidas de créditos, en vez de en subvenciones directas o dinero ejecutable para los grupos de investigación.

Los parlamentarios electos no pueden excusar una falta de avisos, las reivindicaciones llevan años llegándoles por diferentes vías, incluso desde las calles. La última vez el pasado 19 de octubre de 2019, cuando en una Marcha por la Ciencia desde la Puerta del Sol hacia el Congreso de los Diputados nos movimos al son del himno “sin ciencia no hay futuro” y pedimos un Pacto de Estado por la Investigación.

Quién nos hubiera dicho hace escasos 6 meses que precisamente nuestro futuro como sociedad estaría en juego en tan poco tiempo… Precisamente porque una crisis así, provocada por un ente biológico, no se puede prever, siempre hemos pretendido que el ciudadano de a pie asimile la importancia de la ciencia y la investigación como algo propio, que sea consciente de que repercutirá en su beneficio y que, en algún momento, su propia vida dependerá directamente de que hace unos años se hubiera invertido en recursos científicos.

Así hoy, en un contexto que ya venía siendo complicado, muchas líneas de investigación están pausadas y estudios que podrían haber logrado avances de forma más o menos próxima aguardan su reanudación. Si hasta la fecha la compleja burocracia española amenazaba la integridad y funcionamiento de nuestro debilitado aparato investigador, ahora un virus podría darle el golpe de gracia. Las carencias del sistema se han puesto más que nunca en evidencia, demostrando dolorosamente que España necesita estabilidad presupuestaria en materia de investigación, algo que ineludiblemente pasa por un Pacto de Estado que confiera músculo para cuando lleguen momentos de crisis como el actual. Sin embargo, estamos por desgracia acostumbrados a que se entienda el dinero que va para ciencia como un gasto, no como lo que es: una inversión. ¿Aprenderemos? Lo necesitamos, si no nos arriesgamos a escuchar la maldita palabra y ya será tarde, será “incurable”.

*Dr. David Quinto Alemany, investigador en Ciencias Biomédicas, miembro de Federación de Jóvenes Investigadores (FJI/Precarios).