Cass McCombs confirma su estatus de artista de culto en ‘Mangy Love’

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El cantautor californiano usa la ironía para mostrar las contradicciones de una sociedad en crisis en su octavo disco. Hace ya unos años que el cantautor californiano Casss McCombs ha empezado a ser considerado por la crítica y el segmento más exquisito de los aficionados como un nuevo aspirante a formar parte de ese selecto grupo que forman los artistas de culto. Tipos influyentes y admirados por la profesión que sólo en contadas ocasiones consiguen, además, obtener el beneplácito de los grandes públicos.
 
A McCombs se le respeta del mismo modo que se respeta a un Tom Waits, por ejemplo. Sobre todo, por la originalidad de un discurso que no siempre es sencillo de entender, pero habitualmente resulta fascinante en su singular rareza. Tanto por su desprecio a las convenciones establecidas, como por el aroma clásico que, sin embargo, suele desprender su obra.
 
No es, además, un recién llegado. Este ‘Mangy Love’ del que nos ocupamos hoy supone ya la octava referencia que publica a lo largo de su carrera y, en cierto modo, marca un cambio en su línea habitual. O si se quiere una clara evolución hacia la comprensibilidad de su trabajo, como si, de repente, el artista hubiera empezado a necesitar que su público entienda bien el mensaje y que, además, disfrute con la música.
 

 
Este nuevo álbum es, además, el primero que el cantautor californiano graba para el sello Anti, una gran discográfica independiente de EEUU que se ha especializado en el producto de calidad y en la que militan algunos de los artistas sobre los que hemos escrito últimamente como Case, Lang y Veirs, Xenia Rubinos o Andy Shauf. Y quizá este cambio se haya dejado sentir en el producto final.
 
Consciente o inconscientemente, McCombs parece haber intentado aprovechar su llegada a una nueva escudería para revitalizar su música, concentrar los esfuerzos y jugar la baza del humor como componente básico en unos textos en los que la ironía aún es el elemento principal, pero donde las situaciones dramáticas tienen mucho menos peso que antes.
 

 
Tampoco hay que exagerar. Lo cierto es que el añadido de esas suaves gotas edulcorantes y el cuidado que esta vez parece haberse puesto en la asequibilidad final de la propuesta no pasan por encima de la personalidad, más bien oscurilla, de este artista que se sigue moviendo en ese mundo ambiguo y personal que ha habitado desde el principio, aunque sus conclusiones vitales parezcan algo más luminosas que antes.
Pero, al final, hay un halo de tristeza permanente que se mantiene ahí e impregna de un modo decisivo las cuidadas líneas melódicas y marca la suave decadencia de los ambientes por los que fluye el discurso musical. Un entorno de intimidades compartidas al que ayuda y mucho la particular voz susurrante de McCombs y en el que algunos críticos encuentran un paralelismo claro con el que solía crear en sus trabajos el gran Elliot Smith, el desaparecido icono de la canción de autor estadounidense en la década de los noventa del pasado siglo.
 
En este álbum, además, ese parecido parece verse reforzado por la presencia en el equipo de producción del ingeniero de sonido Rob Schnapf que era un colaborador habitual de Smith y conoce a la perfección como contribuir desde la mesa de mezclas a crear esas ambientaciones sonoras que mezclan la energía dulce con las reverberaciones espectrales.
 
Y la verdad es que se trata de un ropaje que le siente muy bien a las canciones de McCombs, en las que los componentes más oscuros suelen definir las tonalidades finales del conjunto. Una característica que parece entender muy bien Dan Horne, el tercer miembro del equipo que se ha encargado de dirigir la grabación del disco. Un músico muy versátil, que además de compartir la responsabilidad de la producción también toca el bajo, la guitarra y se encarga de algunas programaciones en este álbum.
 
Otros cómplices de campanillas que también han participado en la operación, aunque sólo como colaboradores puntuales son la cantante Angel Olsen que hace coros en ‘Opposite House’, un tema juguetón en lo musical y triste en el mensaje, que es mi canción favorita, por el momento, en el que McCombs nos enfrenta a la desolación de vivir encerrado en una ‘casa donde llueve cuando en el exterior el mundo disfruta de un clima soleado.
 
Y también el guitarrista y cantante Blake Mills que le pega a las seis cuerdas en ‘Medusa´s Outhouse’, un tema marcado por algunos detalles psicodélicos y de aparente intención surrealista, que el compositor californiano ha ilustrado con un video en el que los espectadores pueden asistir al rodaje de una peculiar película porno y conocer las opiniones de sus protagonistas. Una interesante pieza audiovisual, sin duda.
 
Sin embargo, nosotros hemos preferido ilustrar este artículo con un video diferente e igualmente peculiar, el que pone imágenes al alegato feminista militante que McCombs nos endosa en ‘Run Sister Run’, una de las canciones más rítmicas del álbum y en la que el californiano parece haber optado por hacer algo parecido a una canción protesta. Directa y, más o menos, sencilla.
 
Aunque este no es el único tema combativo que podemos encontrar en el disco. También hay otros, como ‘Bum Bum Bum’, la canción que abre el álbum. Sin embargo, en este caso, el texto, impregnado de un claro sesgo pacifista se mueve más en la línea de ironía metafórica a la que este artista siempre nos ha tenido acostumbrados. O ‘Rancid Girl’, en el que las referencias al trabajo de Neil Young son perfectamente visibles, como si McCombs hubiera querido rendir homenaje a la música del veterano rockero canadiense.
 
En definitiva, estamos ante un disco que tarda en revelar su riqueza por completo al oyente de quien exige una escucha atenta y una participación que vaya más allá del papel de simple ruido de fondo que solemos adjudicar a la música hoy. Así que si no disponen de un poco de tiempo para dedicarle al empeño va a ser difícil que lo disfruten. En caso contrario, puede que, si no lo conocían ya, descubran a un autor con cosas que decir y al que, en mi opinión, les habrá merecido la pena escuchar.