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“Camino del puente me iré…”

Y no “a tirar tu cariño al río /mirar cómo cae al vacío/ y se lo lleva la corriente”, que así cantara el cubano Roberto Ledesma en una melodía de su autoría que tiene carácter de inolvidable para los mayorcitos de edad, sino en busca de precios más accesibles del otro lado de esa vía fluvial, prima hermana del Manzanares madrileño.

Es que ese famoso puente de hierro que funge como frontera entre dos municipios habaneros, Playa y Plaza de la Revolución, es también una línea divisoria en los precios del sector privado porque los hay que piensan que en Playa la gente tiene más dinero que en Plaza. Y no están muy equivocados que digamos: embajadas, residencias diplomáticas, representaciones extranjeras y nuevos ricos.

Pero en Playa, en la barriada de Miramar que da inicio al municipio, hay también muchos con mínimos ingresos que no se pueden permitir una alimentación sencillamente balanceada. En consecuencia, a diario cruzan la “frontera” en busca de mejores opciones.

Fue precisamente lo que hice con el yogurt probiótico en mente. Emprender esa  agotadora caminata me sirvió para un somero estudio de todo a mi alrededor en semejanza a esos turistas que, botella de agua en mano, se quedaban boquiabiertos al contemplar cómo desde un balcón bajaba una bolsa atada a una cuerda para que alguien desde la acera hiciera subir alimentos adquiridos en bodegas u otra cosa con tal de evitar una escalera.

La ciudad y sus gentes viven un amargo panorama pocas veces visto, con rumores bien coloridos. El país todo se enfrenta a una crisis sin precedente por la falta de combustible gracias al presidente gringo y ausencia de medidas efectivas no sólo para dar la cara, sino para emprender una renovación total de su economía.

Crece por día la inflación, la carestía de la vida, la falta de lo esencial para sobrevivir. Las calles casi sin vehículos e inundadas de motos eléctricas. Con todas esas preocupaciones y a falta del yogurt ya agotado, decidí darme un homenaje ante tanto esfuerzo baldío y sentarme a la sombra de una cafetería privada para beber agua y tomarme un café capuchino.

Casi todo el importe destinado al probiótico se largó del bolsillo al pagar la factura de un agua gallega marca Mondariz, de 330 ml y la tacita del café:

-1.850 pesos cubanos.

Mucho más que una pensión, que es de 1, 528 pesos. Al gustazo, menudo trancazo…

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“Camino del puente me iré…”

Aurelio Pedroso

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