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No todo es culpa de todos los banqueros

Javier Méndez Llera
Javier Méndez Llera
La polémica es especialmente apetecible para determinados segmentos de la sociedad española poco entusiastas de la actividad financiera.
La noticia de que por primera vez unos banqueros en España entraban en la cárcel tuvo (lógicamente) una cierta repercusión mediática, seguida de otras reacciones de algunos medios generalizando y casi haciendo, de forma irresponsable, una llamada a un encarcelamiento masivo. Mis sensaciones, cómo ciudadano de a pié, pero también como conocedor del sector, fueron varias.
 
En primer lugar, la sensación de normalidad dentro de un estado de derecho, avanzado; donde unos señores han sido declarados culpables de determinados delitos y tendrán que pagar por ello. En segundo lugar, la constatación del gran esfuerzo que debe hacer el sistema financiero para explicar qué ha estado pasando estos años, pues la polémica es especialmente apetecible para determinados segmentos de la sociedad española poco entusiastas de la actividad financiera. En tercer lugar y ligado a lo anterior, la necesidad (también) de diferenciar el delito de las malas prácticas de los profesionales y del entorno general en que éstas se han producido.
 
Empezando por lo último, intentaré contextualizar el escenario general en que hemos vivido y que, sin duda, ha coadyuvado a la situación que nos trae al caso. No de forma casual el peso del sector financiero a nivel global pasó del 20% del valor total de los mercados bursátiles en  1993 (última recesión) a un 33% en 2007 (pico del último ciclo alcista), para luego volver a caer en 2016 por el impacto negativo de los bancos europeos. Lo que explica este pico de valoración tan desproporcionado (antes de la “Gran Recesión”) respecto al resto de la economía es obviamente la incorporación, por parte de los inversores, de expectativas de crecimiento para el negocio financiero muy por encima de la media del conjunto de la actividad (financiera y no financiera, por simplificar).
 
Con las salidas de las crisis, las pendientes de las curvas de tipos de interés se suelen mover hacia posiciones favorables al negocio de intermediación pura a la vez que el crecimiento emergente en todos los ámbitos hace florecer las actividades de mercados de capitales, fusiones y adquisiciones y el trading de mercados (normalmente al alza, con fuerte volumen, en esos períodos), redondeando un panorama idílico para los beneficios financieros. Podemos decir entonces que en pasadas salidas de las crisis, el sector financiero absorbió de forma mayoritaria los efectos y las consecuencias  de la llamada “exuberancia irracional”; que no sólo era un tema relacionado con los mercados financieros, sino que afectaba a toda la actividad económica en su conjunto, pero que reposicionó las valoraciones de activos de forma “desequilibrante” hacia el ámbito financiero. No solo eso, se estaba creando la sensación de que la actividad financiera era un fin en sí mismo cuando, a mi humilde entender, sólo tiene sentido cuando funciona correctamente como mecanismo de acompañamiento (financiación ajustada) al ritmo del crecimiento general de la actividad económica.
 
Un pequeño Goldman

La exuberancia (sea racional o irracional) conduce a resultados como la codicia, los delirios de grandeza o incluso a la sensación de impunidad, dentro de una absoluta pérdida del sentido de la realidad. Todavía recuerdo cómo un alto ejecutivo de una caja mediana-pequeña me comentaba el próximo fichaje de un (muy caro) banquero de inversión español de la City para configurar lo que denominaba su pequeño Goldman. ¡Qué absurdo! pero no debemos dejar de enmarcarlo en una filosofía y una cultura que no sólo emanaba del propio ego de la actividad financiera. Era un entorno general de, parafraseando a “Toy Story”, To infinity and beyond!

De ahí a caer en el delito va un trecho, pero algunos malos profesionales llegaron a tener la sensación e incluso la creencia que todo podía ser normal (incluso legal) en un escenario sin límites a lo que sus privilegiadas mentes financieras pudiesen alcanzar.
 
Cómo sociedad tenemos un camino que recorrer. Antes de nada, conocer bien los contextos económicos y financieros en los que desarrollan los acontecimientos que luego tienen, de una forma o de otra, impactos sobre todos y donde la pedagogía sobre lo que es la realidad de la actividad financiera resulta fundamental. Cómo todo en la vida, ¡cuánto se juzga sin conocer! Pero en el caso de las cuestiones relativas a las finanzas, la falta de criterio es muy evidente cuando se escuchan determinadas opiniones. A continuación, promover las mejores prácticas no solo a base de nueva regulación sino bajo un modelo de promoción sólida y constante de las mismas, tanto desde dentro de los propios sectores como desde otros ámbitos más amplios de la sociedad civil. Y, por supuesto, seguir haciendo recaer el peso de la ley a quién se demuestra que la ha incumplido; sin miramientos pero de forma justa y responsable para todos.

* Javier Méndez Llera
Secretario General del IEAF
Director General de la FEF
Member of the European Federation of Financial Analysts Societies (EFFAS)
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