Daniel Ortega, presidente de Nicaragua
Lo ocurrido en esta nación centroamericana que ganó enormes simpatías cuando fue derrotada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) la dictadura-dinastía de los Somoza, me recuerda la frase que le cargan a ese holandés llamado Erasmo de Róterdam cuando en el lejano siglo XV advertía: “Brindo por las mujeres. Quien pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos”.
Colegas nicas que conocí cuando cubrí como corresponsal de guerra el enfrentamiento con la llamada “contra”, no apoyan la versión gubernamental de que se trata de algo incitado por delincuentes juveniles (universitarios) con la ayuda de la larga mano de la derecha ahora en pleno apogeo en toda Latinoamérica.
Los incidentes, como se conoce, surgieron a partir de la decisión gubernamental dispuesta por el Fondo Monetario Internacional, por demás inconsulta hasta con los responsables económicos del Frente, de modificar a peor el régimen de seguridad social y pensiones. Fue la gota que colmó la copa. Unos 60 muertos han dejado constancia de la revuelta popular.
Los medios oficiales cubanos no cesan en defender no ya al sandinismo, sino al matrimonio Ortega-Murillo al tiempo que el hoy empresario y su primerísima dama nos muestran qué fácil es escribir en media cuartilla un enjundioso manual de cómo putear una revolución. Ya lo dijo el tal Maquiavelo cuando escribió de los vicios del poder.
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Un volcán llamado Nicaragua
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