Un Monopoly hispano cubano contra Ómicron

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Como que en Cuba el envejecimiento de la población marcha a todo galope, para nada resulta extraño que muchos no conozcan de ese entretenido y “matatiempo” juego de mesa de mediados del siglo pasado conocido por Monopolio o Capitolio en su versión local o gringa, pero con muy poca presencia de la variante española que ahora mismo cobra mayor auge al menos en La Habana.

La falsificación o duplicado, que viola totalmente esas normas internacionales del copyright o derechos de marcas y patentes nos recuerda aquellas famosas Ediciones R, ideadas por Fidel Castro cuando en un arranque muy idealista y necesario allá por los 70s del siglo pasado se pasó por el Arco del Triunfo esas propiedades intelectuales y mandó a imprenta cuanto texto científico había en el mundo para su distribución gratuita en universidades y centros de enseñanza.

Hasta hace poco estaba prohibido por la Aduana de la República sacar un texto de esa peculiar editorial ya inexistente en la isla. Para los que no vivieron esa época, “R” de Revolución.

Algún avispado cubano emprendedor se trajo de España un Monopoly y ha acometido su reproducción al precio de 250 pesos, poco menos de tres euros en el mercado informal. Se gana su dinerito y contribuye a la necesaria permanencia en el hogar. No exagero si, además, le hace un favor a la programación de la tv.

El toque costumbrista no falta en el juego. En las notas introductorias, a modo de reglamento, le sugieren al jugador que lo mismo puede manejar moneda nacional o divisas sin especificar las tasas de cambio. La jodedera o “cachondeo”, para también contribuir a su españolización, no está ausente en ningún instante. Basta caer en la calle Bravo Murillo, (Marino Murillo, principal responsable del controvertido reordenamiento) o adquirir las compañías de electricidad o agua para que broten los chistecitos o bromas de actualidad entre billetes de 100 o 1,000.

Si resulta que al final cada anciano lleva dentro de sí el alma de un niño, pues uno se entretiene en el encierro y se hace ilusiones inmobiliarias ahora que la variante ómicron toma fuerzas. Y si por alguna casualidad, el jugador visitara Madrid por vez primera, ya tendrá una idea que no es lo mismo el Paseo de la Castellana que la Ronda de Valencia.

Poco más de cuatro horas bien entretenidas y la conclusión de uno de los participantes:

-Empresarios frustrados devenidos en “bisneros” (negociantes) del Monopoly.