“Tirapiedras” en prisión

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Ninguna cárcel de este mundo escapa de la jerga o el llamado lenguaje carcelario. Si El Vaticano tuviera su propio establecimiento penitenciario para curas corruptos o pedófilos por seguro que una “llegada de la virgen” equivaldría al arribo de la merienda o algo por el estilo.

Cuando a la prisión de mujeres, radicada al oeste de La Habana, en el mismo camino vecinal que conduce a la de menores de edad y la de militares que purgan delitos en ejercicio de sus funciones, llegó la primera procesada por las revueltas del pasado 11-J en varias ciudades cubanas, recibió casi que con carácter inmediato el sobrenombre de “la tirapiedra”.

Y ahí están, purgando penas de reclusión entre seis meses y un año casi en mayoría poco menos de 40 mujeres predominantemente jóvenes que no se guardan en secreto planes futuros de abandonar el país cuando les llegue la libertad.

Según fuentes cercanas a ellas, para nada oficiales, “las tirapiedras” no sobresalen por comportamientos inadecuados, sino que son bastante disciplinadas, no muy propensas al desorden o motín.

Alguna que otra ya ha protestado ante sus compañeras de reclusorio por el calificativo. En voz alta, como suelen ser las aclaraciones colectivas en esos recintos, puntualizan que ellas no lanzaron ni una piedra, sino que gritaron. Simplemente gritaron.

Para nada les ha servido la precisión. De principio a fin serán “las tirapiedras” y las nuevas que arriben continuarán bajo la misma fe de bautismo a pesar que les acompañe determinado delito tipificado en el Código Penal, anunciado ya por la Fiscalía General de la República de cara al venidero 15 de noviembre, fecha convocada para una otra manifestación en ocho provincias de la isla considerada como ilícita.