¿Por qué los partidos antisistema volverán a subir en Italia?

Silvio Berlusconi
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Un domingo más, nos encontramos ante unas elecciones que se presentan bajo la premisa de poner en juego el futuro de Europa. Además, en esta ocasión llegan por partida doble ya que mientras Italia celebra elecciones generales, las bases del SPD decidirán en Alemania si dan luz verde a un nuevo Gobierno de Gran Coalición o si, por el contrario, abocan al país a unas nuevas elecciones a las que, según todos los sondeos, la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) llegaría aún más reforzada. Así las cosas, una victoria del «no» en Alemania y un nuevo escenario de ingobernabilidad en Italia o la configuración de un ejecutivo de mayoría euroescéptica en el país alpino alentaría de nuevo las pesadillas de los mercados europeos. En cualquier caso, y pese a que la incertidumbre se extiende sobre el resultado de ambos comicios, sí existe un consenso en que los partidos tradicionales saldrán debilitados con el socialdemócrata como principal perjudicado. Y en que también una vez más serán actores no tradicionales, partidos considerados anti sistema, los que saldrán reforzados de cara al futuro.

En el caso de Italia, pese a que la coalición de derechas podría hacerse con la mayoría de los escaños gracias a su peculiar acuerdo electoral, los sondeos apuntan a que la formación más votada será el Movimiento 5 Estrellas (M5S), una fuerza no sólo considerada ‘anti-establishment’, sino también anti inmigración y profundamente euroescéptica; sirva como ejemplo su integración en el Parlamento Europeo en el Grupo denominado «Europa de la Libertad y la Democracia Directa» junto a formaciones como la propia AfD o el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP).

Pese a que todo apunta a que ninguno de los tres bloques (la coalición de derechas, Partido Democrático -PD- y M5S) llegará al entorno del 40% en el que se sitúa la mayoría, esta última formación confía en dar una sorpresa aún mayor dado que, en elecciones anteriores, las encuestas han tendido a subestimarles. También basan parte de sus esperanzas en el tercio de votantes que se declaraba indeciso y en que, debido al apagón oficial en la publicación de sondeos oficiales, éstos tienden a resultar particularmente poco confiables en el país alpino.

En definitiva, un panorama en el que resulta bastante ilustrativo que, por contraste, la Forza Italia de Silvio Berlusconi ya no sea vista con la aversión que el inhabilitado ex primer ministro ha despertado en los últimos años entre los principales líderes europeos y, en particular, en Angela Merkel; después de que el multimillonario empresario anunciase que, en el caso de corresponderle a su partido el nombramiento del líder del nuevo Ejecutivo, su propuesta sería la del actual presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani.

Incluso aunque, apostar por la victoria de dicha alternativa, suponga jugar con fuego ya que Berlusconi pactó con la Liga Norte de Matteo Salvini y Hermanos de Italia de Giorgia Meloni, a los que posteriormente se sumó Nosotros con Italia de Raffaele Fitto, una coalición por la que el partido más votado elegiría un primer ministro con el apoyo del resto de socios. Es decir, con una serie de formaciones con un discurso abiertamente racista y que han centrado su campaña en señalar a los inmigrantes como el chivo expiatorio de los problemas del país.

De hecho, la competición entre las fuerzas de la derecha ha parecido centrarse por momentos en declaraciones como las de Salvini en las que acusaba a los inmigrantes de ser responsables de cometer 700 delitos al día en paralelo a las de un Berlusconi que prometía deportar 600.000 inmigrantes si su formación es la más votada. Claro que, frente a ellos, después de sucesos como aquel en el que un antiguo candidato de la Liga Norte abrió fuego contra inmigrantes en la ciudad de Macerata, M5S también se ha caracterizado por desmarcarse hablando de extremos de los dos bandos y de que no querían explotar el suceso políticamente.

Por si fuera poco, la campaña se ha completado con acusaciones de desinformación en las que el anterior primer ministro y líder del PD, Matteo Renzi, ha atribuído a Rusia el ejercer como actor protagonista apuntando a la antigua amistad entre Putin y Berlusconi como factor. Lo cierto es que se han sucedido una serie de noticias falsas como las que vinculaban a parlamentarios italianos con diputados del parlamento ucraniano definidos como ‘nazis’ o la publicación de una foto de un secretario de Estado acudiendo a un funeral señalado erróneamente como el de un jefe de la mafia.

Todo ello, en un entorno económico débil, con un 11% de paro, que en el Sur de Italia dobla al del Norte del país y especialmente acentuado entre los jóvenes. O con la deuda pública fuera de control, unas entidades bancarias bajo sospecha y la percepción de que los beneficios no se distribuyen de manera igualitaria, lo que ha hecho que muchos ciudadanos ya no confíen en una clase política que, a menudo, ha sido percibida como corrupta.

Un factor este último que, tradicionalmente, se había señalado que no tenía una excesiva influencia en los votantes italianos, pero que tras la crisis económica ha agravado la sensación de resentimiento hacia una clase política que, no en vano, fue aquí donde consiguió que se popularizase el término «casta» para denominarla. Por lo tanto, parecería que, pese a todas las particularidades del país alpino, en realidad, estaríamos también aquí, en gran parte, ante una nueva manifestación electoral de los efectos sociales de las denominadas políticas de austeridad.

No obstante, un reciente estudio de Andrés Rodríguez-Pose, profesor de la London School of Economics & Political Science (LSE), apunta a que cabría introducir variables de análisis más sutiles en el auge de comportamientos electorales considerados anti-sistema a lo largo del globo durante estos últimos años: se trataría de «la venganza de los lugares que no importan».

Según este académico, la teoría económica y las políticas que de ella se derivan habrían estado efectivamente ignorando la desigualdad; pero se trataría en particular de aquella derivada de sobrevalorar la capacidad y voluntad de los individuos de desplazarse desde sus lugares habituales de residencia hacia otras áreas con mayor actividad económica. Es decir, un análisis según el cual el componente territorial cobraría mayor peso a la hora de influir en el voto del que se le tiende a atribuir frente a los factores sociales individuales.

Así, como ya había sucedido anteriormente en varios países de Latinoamérica, según dicho análisis, los votantes de las regiones menos favorecidas por el crecimiento económico y la concentración de actividad en las grandes urbes estarían utilizando sus votos para rebelarse contra este fenómeno. Un comportamiento que Rodríguez-Pose ha observado en el voto del ‘Brexit’ en Reino Unido en 2016, en la victoria de Donald Trump en EE.UU. en ese mismo año, en las elecciones presidenciales franceses de 2017 y en las alemanas de finales del año pasado.

De esta forma, Rodríguez-Pose señala como pese a que la riqueza se ha concentrado en una fracción cada vez más pequeña de individuos desde la década de los 70; en las citadas elecciones, el auge de las opciones consideradas antisistema se explica por el que registraron en las regiones consideradas pobres y en las áreas que han sufrido largos periodos de decadencia. Es decir, la explicación estaría no tanto en la desigualdad de rentas entre personas, como en la que se ha producido entre regiones.

Y, aunque este académico no ha focalizado su análisis en Italia, ni existe una amplia literatura académica sobre geografía y sociología electoral que permita extraer los mismas resultados en el país alpino, sí hay ciertos datos que llevarían a conclusiones similares. Por ejemplo, el hecho de que M5S no registre su mejor comportamiento electoral en los núcleos urbanos, sino en áreas suburbanas o en antiguas ciudades. O que algunos de sus mejores resultados históricos se hayan dado en regiones como Sicilia y en la costa Sur del país frente a la Norte.

Por todo ello, se podría afirmar que la continuidad de políticas de desarrollo que se basan en la concentración económica en determinadas regiones, aseguraría según esta tesis la continuidad de la «rebelión de los lugares que no importan» contra el ‘status quo’. Una posibilidad que lleva a Rodríguez-Pose a afirmar que «hacer nada no es una opción» ya que, por el contrario, se necesitan políticas de desarrollo con sensibilidad territorial; si bien, a su juicio, esto no significa ni repetir estrategias pasadas de grandes proyectos de inversión, ni tampoco descentralizar competencias.

En su lugar, propone desarrollos que maximicen el potencial de cada territorio y en los que los actores locales resulten empoderados para asumir el control de su futuro; y si bien, advierte, que tampoco son garantía de que dichas políticas reducirían los riesgos, sí son la mejor oportunidad de dejar sin justificación plena a «la venganza de los lugares que no importan».