Mi jefe ha decidido remitirme a un buen colega suyo, que también es periodista. Con las últimas informaciones sobre el ‘caso Pedro Jota’ en la mano, ha reflexionado sobre la última gesta del exdirector del diario El Mundo. El ‘caso Pedro Jota’, que ya ha muerto para la mayoría de los españoles, pueblo amigo siempre de la última hora, sigue no obstante dando de qué hablar en el gremio periodístico por lo extraño de su naturaleza. Ante semejante coyuntura, y dado que mi propio jefe ya se pronunció al respecto la semana pasada, se me ha remitido a un colega suyo, que ha querido permanecer en el anonimato, para que desde el púlpito que concede la experiencia comparta su visión sobre el suceso.
Sin embargo, antes de exponer las reflexiones del citado periodista conviene mostrar la versión de los neoyorquinos ante las acusaciones de manipulación vertidas por el periodista riojano, ya exdirector de El Mundo, la semana pasada tras la publicación de un artículo, suyo, de opinión en The New York Times:
“Mr. Ramírez submitted an op-ed to us. It was carefully translated and in the course of our normal editing and fact-checking process, several minor editorial changes were made to ensure accuracy, clarity and precision. The author was told about these changes. In no way was the argument or opinion altered, nor the evidence marshaled in support of it”.
Que viene a decir lo siguiente:
“El señor Ramírez nos envió un artículo de opinión. Se realizó su traducción de forma cuidadosa y en el transcurso de la misma, atendiendo a la habitual práctica de edición y contraste de datos, se efectuaron algunos pequeños cambios editoriales para garantizar su claridad, precisión y concreción. Al autor se le informó de estos cambios. De ninguna manera el argumento o la opinión se vieron alterados, así como tampoco las pruebas dirigidas para apoyarlos”.
El colega de mi jefe ha empezado apuntando que Pedro Jota es un especialista en poner los gritos en un lado y los huevos en el otro, como dirían en Argentina. “No se puede poner el grito aquí y que en el New York Times no hayan recibido una queja”, explica, poco antes de cuestionarse el porqué de esta actitud de patio de colegio: ¿estaría acaso negociando en esos momentos la cacareada indemnización?
También sería cuestionable el método que siguió a la hora de querer publicar nada en el rotativo estadounidense. “Es bien sabido que goza de un irreprochable dominio de la lengua inglesa, ¿por qué entonces no escribió directamente en ese idioma?”. Esto, automáticamente, le lleva a preguntarse qué habría cambiado, siempre supuestamente claro, el The New York Times. ¿La traducción suaviza el original o lo agrava? Saldríamos todos de dudas, sostiene, si a alguien se le hubiese ocurrido la brillante idea de publicar el original y la traducción a doble columna. Obviamente, una opción tan descabellada sólo podía cosechar indiferencia.
En cuanto al contenido de la carta en cuestión, el colega de mi jefe está que se sube por las paredes. En primer lugar, dice, ya que se ha empeñado en mostrar al mundo anglosajón su fascinante currículo no habría estado de más mencionar también la cruzada que mantiene en el asunto del 11-M. En segundo lugar, tiene bemoles el oscurantismo en el que sitúa a la prensa española allende sus fronteras sólo porque a él le han destituido como director de un periódico. “Los directores de los periódicos llegan y se van; las empresas fichan y despiden, ¿qué novedad hay en eso?”, espeta.. Y en tercer lugar, y concretando en el ‘caso Bárcenas’, el colega de mi jefe argumenta que no todas las exclusivas han sido suyas, pese a que en el editorial remitido a Nueva York así lo parezca.
El gran problema es que este “especialista de la provocación”, como define al riojano, ha trascendido no sólo a su medio de comunicación sino a unos cuantos más. “Esto va de preguntarse si en una noticia hay habilidades o aportaciones”. Un ejemplo: ¿alguien conoce qué aportación ofrece a la información filtrar una foto de la Infanta declarando? Aunque quizás todo consista, reflexiona ya para finalizar, en cultivar el morbo. Si va de eso no hay duda de que Pedro Jota sabe hacerlo. Y francamente bien.
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Un especialista de la provocación
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