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Neocursis de fogón

Los niños que liofilizan tortillas de patatas para introducirlas en copas son la cantera de futuro de una horterada sin límite, la versión casera de la sastrería de Eurovisión. Y ahora los niños también pueden ser cocineros de nivel gracias a la tele que es mágica, en dos capítulos saben mas que los ratones coloraos. Antes eran las abuelas las que transmitían el sabor de la cocina familiar a los nietos y ahora son los niños los que pasman a las abuelas con recetas de diseño elaboradas con un lenguaje de iniciados. Ahí los tienen convertidos en pequeños arguiñanos que aman la verdura cocida en wok por encima de un menú del Burguer con todas sus grasas pegadas.

No sé cómo nos las hemos podido apañar hasta ahora, durante años hemos vivido en la inopia. En nuestras vidas se han instalado términos como marcar la carne, pincelar la plancha con aceite, reducir la salsa, acabar el plato con una dosis de helio o bien con un soplete del que se usa en fontanería para dorar al punto. Gracias a esta terminología y a poner cara de “gilichef” ha nacido el concepto “neocursis de fogón” que desprecian los platos combinados de los bares de carretera por presentar demasiados carbohidratos de digestión lenta. Ahí son nada. Los neocursis parece que siempre han tenido en casa cocinero como los Alba y que en sus genes no hubo una lata de fabada Litoral o un bocata de calamares. Aunque les falten modales en la mesa les sobra genio para abroncar al camarero por emplatar el arroz antes de tiempo interrumpiendo la cadena de temperatura que debe llevar la excelencia valenciana al tenedor.

El virus de lo “neocursi” lo queremos inocular en niños que crecerán al margen de sus compañeros porque no tendrán nada que compartir en el patio del colegio, en lugar de llevar el socorrido bocadillo de mortadela les dará por presentarse con una tartera con asado de corzo con patatas a la importancia. Sí, esos niños.

Hace años padecimos al “neocursi” de los vinos que con dos catas en las que le explicaron lo que era el retronasal rechazaban tintos porque no estaban a la altura de las circunstancias. Esos mismos que se habían formado en la cultura del manchego peleón son los que exigían sabor, cuerpo, valor de la añada y plenitud de olor en el corcho. Si ibas a comer con un “neocursi” del vino podías asistir a unos diálogos de besugos con el somelier, una lucha a ver quién sabía más de uvas tempranas.

Los niños que liofilizan tortillas de patatas para introducirlas en copas son la cantera de futuro de una horterada sin límite, la versión casera de la sastrería de Eurovisión. Y sus padres unos ingratos desertores del chóped con aceitunas y de la caballa en lata que tanto ha hecho por la prosperidad de una nación. Cursis también.

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Neocursis de fogón

Rafael Martínez-Simancas

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