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Indulta que algo queda

Los corruptos saben que no hay nada que ablande más el corazón que un consejo de ministros a final de año. Las colas para pedir indulto estos días se han puesto tan imposibles como la cola de los taxis en Atocha cuando llegas en el AVE, (bájese usted del tren del futuro para hacer penitencia entre la multitud que espera tal y como si fuera la estación de autobuses de Nueva Delhi; solo faltan las vacas entre los coches).

El indulto se ha puesto de moda porque se acumula el fracaso ante quienes se creyeron impunes. El frío de la celda les lleva a ponerse de pie en el taburete y gritar: ¡Indulto, indulto!, como si hubieran visto un ratón en la cocina. Matas, Carlos Fabra, el ex alcalde de Torrevieja están a la espera de salir indemnes de sus fechorías. Urdangarin también confía en el indulto por si acaso el paracaídas de la Fiscalía no se abriera a tiempo y fuera condenado por esos “asuntillos” que tiene pendientes. Los corruptos saben que no hay nada que ablande más el corazón que un consejo de ministros a final de año, que se lo digan al alcalde de Abdalajís que estaba condenado a doce delitos y fue exonerado de tal castigo por el primer consejo de ministros de Mariano Rajoy. Ya puestos a recordar la última reunión de Zapatero con sus ministros fue para indultar a un banquero; tanto el PP como el PSOE empatan en ruindad penal.

Cuando falla toda esperanza el indulto devuelve la sonrisa a los estafadores de lo público, en realidad es otra forma de que te toque El Gordo, ¡y sin tener que comprar el décimo! Y si no pudiera ser en Navidad esperarán a Semana Santa cuando algunas cofradías pongan en marcha una pragmática de Carlos III que les autoriza a liberar un preso. Una norma bastante rancia que Jesús Gil extendió en su día a Marbella dónde la Policía Local también podía sacar a un preso de la trena. Se ve que Gil era previsor y pensó que toda su troupe iba a terminar como el conde de Montecristo pero sin el honor que se le suponía a Edmundo Dantés.

Indultos que se cuecen estos días a fuego lento y con los que hacen cábalas los cazadores de bala gorda como Blesa, el abuelito que se hizo construir el aeropuerto de Castellón, la alcaldesa de Alicante tan aficionada a las fiestas de pijamas como a favorecer con obra pública siempre al mismo empresario, y resto de personajillos pútridos que le rezan a Gallardón como si fuera Fray Leopoldo de Alpandeire. Si se produjeran esos indultos sería para reafirmar la idea de que no tenemos remedio ni propósito de enmienda, sería para salir a la calle y acabar en la cárcel por gritar en espacio público porque si los indultos son selectivos la nueva Ley de Seguridad Ciudadana está pensada para entrullar a los disidentes.

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Indulta que algo queda

Rafael Martínez-Simancas

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