Se inventaron Twitter y WhatsApp y se acabó una tradición milenaria de escribir en las puertas de los baños públicos. Milenaria porque viene de los romanos, lo sabemos porque aún se conservan escritos en latín algunos versos dirigidos en coña contra algún preboste. Durante la transición española estuvieron muy de moda y no eran pocos los diálogos políticos que se podían seguir escritos detrás de una puerta, por supuesto con tachones, faltas de ortografía, bolígrafos de colores y otras armas usadas para poner a caer de un burro a quién hiciera falta. El franquismo acabó el día en el que se dejaron de escribir ¡Arriba Franco! con pulso tembloroso.
Ingenio, mucho. Me cuentan que en los baños de la Universidad de León alguien escribió: “siento frío, siento muerte, ciento quince, ciento veinte”. Y que también aquel amor desesperado y bastante oculto de señor mayor tras chico joven acabó fatal porque al señor le descubrió su mujer que se sintió avergonzada por compartir hijos, casa y vida con una “mariquita loca”. Al buen hombre no se le ocurrió otra cosa que poner su número de teléfono para que le llamaran sin contar que esa semana estaba la suegra en casa, ella fue la que descubrió todo el pastel de color rosa.
Tampoco queda rastro de los comentarios que se escribían contra Carmen Alborch cuando era Ministra de Cultura en los baños del Café Gijón, y es una lástima porque algunos tenían tantas dosis de ingenio como de mala leche.
Todo lo que se lee ahora en Twitter de Ana Botella y su relaxing cup of café con leche hubiera ocupado puertas y puertas. Hemos ganado en tecnología y ya nadie lleva un bolígrafo encima, no hay más que hacer la prueba y pedir uno para que te miren con cara extraña. Los que compramos bolígrafos o somos unos raros o es que estamos reponiendo material escolar para los niños. Ha pasado como con aquellas famosas agendas que llegaban en diciembre, tan codiciadas ellas, y ahora no las quiere nadie porque todo se anota en el teléfono. Entre Jobs y Facebook han acabado con una tradición que en España dio hasta para hacer un libro tiempo atrás.
En efecto, algunos comentarios eran una mierda pero también hay que tener en cuenta que el entorno influye, es normal. Agazapado tras la puerta, con los pantalones por las rodillas y con un rotulador en la mano, cualquiera se sentía el vengador justiciero en los baños de una central de autobuses.
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