La caída del turismo de calidad es visible en ciertas zonas de Palma de Mallorca donde se impone la categoría de “Low cost” lumpen sin fronteras, allá que van lo peor de cada casa dispuestos a dar la nota y a molestar al vecindario. La Guardia Civil tiene que subir a esos aviones como si fueran unos pasajeros mas y nos cuesta un dinero tenerlos a raya. Desde Inglaterra y Alemania nos envían restos de guardería infantil: niñatos que saltan desde las ventanas a la piscina, niñatas que vomitan en los ascensores, un ejército de impresentables que no tienen media leche pero que de enfrentarse con los municipales hacen una distracción.
Bien está que les salga barato hotel y avión pero habría que endosarles factura urbana que incluya todas las payasadas que cometen en el nombre del alcohol. Y crear una lista de impresentables sin fronteras para que no puedan volver nunca por las islas. Seríamos idiotas si dejáramos regresar a los mismos mangutas cada vez que quieran.
Sobre estos salvajes no se habla porque no son una minicumbre como la de Gibraltar pero en algún foro habría que enseñarle las fotos a la Tatcher, o al elegante de Cameron. Lo menos que podemos hacer es quejarnos porque de otra manera seríamos consentidores. Lo que se me ocurre es cambiarle los hoteles por otros barrios menos turísticos para que se cruzaran con el macarra autóctono nacional, a ver si hay narices de pasar unos días en las tres mil viviendas de Sevilla, por ejemplo. Me parece que estos pijines pagan por ser felices pero quizá pagarían más si les ponen la nariz en su sitio.







