UNA RANA PARA SACIAR LA SED

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¡Menudo susto! Fred De Negri, un pacífico, y vaya usted a saber si pelín pillín, ciudadano de Florida estaba la mar de tranquilo el otro día disfrutando de una barbacoa con su familia hasta que se le ocurrió abrir una botella de Pepsi Cola y echarse un trago al coleto. Fue una sensación horrible la que sintió al instante de saciar su sed. Entremezclada con las burbujas del refresco notó por la garganta abajo algo pastoso, nauseabundo, indescriptible. Vomitó como un poseso y entre el líquido negruzco de su boca congestionada salieron patas, trozos de piel rugosa, y hasta una cabecita con ojos apagados. Debió ser horrible, sí. Los expertos en emergencias sanitarias además no llegaron hasta… ¡el día siguiente!. Para que luego hablemos aquí de las negligencias del Samur. Y, claro, al día siguiente no hicieron otra cosa que recoger muestras, precintar la botella medio vacía y llevarlo todo a un laboratorio para averiguar qué coño fue lo que pasó para semejante desaguisado. ¡Ah! También observaron las restantes botellas de Pepsi del mismo paquete pero sin detectar nada anormal. Unas horas después, el laboratorio dictaminó que se trataba de un batracio, pero sin poder determinar si el intruso era un sapo o una rana. Más bien una ranita, se inclinan a pensar los científicos. Pepsi Cola mientras tanto reaccionó hecha una furia. En sus sistemas de embotellado es imposible de toda imposibilidad que se cuele nada extraño. Algo anormal, qué digo anormal ¡anormalísimo!, tiene que haber ocurrido para que un animalito por escurridizo que sea se haya colado en una botella. Alguien se ha entretenido en montar una broma pesada a alguien o, quizás más probable, porque así es la vida, alguien está queriendo trincar una indemnización a cargo de los daños y perjuicios aprovechándose de la lógica voluntad de Pepsi de que un tupido velo tape tan siniestra historia.