A mi jefe se le ha caído la lagrimilla. Ha sido después de que desde aquí sus intrépidos reporteros le hayamos propuesto un plan para salir de la crisis: pagar cada español lo que nos corresponda asumir de los recortes de una sola vez. A ver si así se termina de una vez con la especulación en torno a todo: prima de riesgo, bolsas, desempleo, crecimiento, etcétera.
Resulta que algunos compañeros de profesión han hecho la cuenta de la vieja y han determinado que a cada español le toca poner 875 euros de su bolsillo con los recortes planeados por el Gobierno. Y yo le he preguntado a mi jefe que si no sería lo suyo acudir este domingo a los colegios electorales y depositar, cada español, la cantidad correspondiente en las urnas. A cambio, deberían prometernos -políticos, banqueros y demás- dejarnos en paz mientras solucionan sus problemas con todo ese dinero.
Lo dicho: a mi jefe se le ha caído la lagrimilla. Ha dicho que le ha enternecido nuestra propuesta aunque (sin ánimo de desacreditar) nos ha comentado que a él, a nuestra edad -ninguno pasamos de los 30 años-, ni se le habría pasado por la cabeza esta solución. Porque le parece intolerable pagar la deuda privada de las empresas sin la garantía de que no vuelvan a hacernos la anchoa a todos.
Porque el que me paga ha argumentado lo siguiente: la deuda pública española supone el 70% del PIB. Esa es la que nos corresponde a todos y es perfectamente asumible. Incluso es menor que la de Francia o Alemania. El problema es la deuda privada. Ésa es la que realmente se pagaría con esos 875 euros. Y ésa es la que él se negaría a pagar si nuestro proyecto de las urnas tuviese algún éxito.







