Algo salidos, con perdón, veo yo últimamente a algunos políticos franceses que no dudan en jugarse sus puestos por una aventura de pasillo. Y no me refiero, por supuesto, a Nicolas Sarkozy, preparándose para ser padre después de abuelo, a sus años. No, en absoluto. Me refiero, aunque sea con carácter retroactivo, al nunca suficientemente mentado Dominique Strauss-Kahn que en menos tiempo del que se tarda en contarlo perdió la presidencia del Fondo Monetario Internacional y de rebote la futura Presidencia de Francia, a cambio de un revolcón frustrado -y sin consentimiento de la otra parte- con una camarera del lujoso hotel Sofitel de Manhattan. El hombre, que se ve que en aquellos momentos no tenía capacidad para dominar los fogosos impulsos hasta llegar a casa, remansa ahora sus excesos líbicos en una reclusión doméstica de Nueva York hasta que el juicio que le aguarda seguramente le proporcione alojamiento gratis en una prisión norteamericana para algunos años.
Mientras tanto, su colega del Gobierno galo, menos izquierdoso pero como Strauss-Kahn también poco respetuoso con la voluntad y la dignidad de sus subordinadas -funcionarias pero no esclavas sexuales-, el secretario de Estado de la Función Pública, Georges Tron, quien a sus 53 primaveras mal folladas -más perdón todavía por la licencia- por lo que se deduce, ha tenido que presentar la dimisión para poder dedicarse por entero -como reza el tópico propio de las circunstancias- a la defensa de la grave acusación de dos secretarias, “Laura” y “Eloisa” para que sus identidades no sufran escarnio público, que aseguran que durante años las acosó y acabó violando, lo cual tal parece que le obligará a poner fin a su carrera política y, ya se verá porque Francia para esas cosas no es Norteamérica, tal vez también a su ánimo de acosar a cuanto se mueve a su alrededor.







