La carretera, para los caracoles

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Corremos menos al volante, mucho menos. Lo que parecía imposible, a pesar de los radares, las multas y los puntos que ya lo venían intentando, lo ha conseguido Muamar el Gadafi y su intermediario en la tierra, Miguel Sebastián, el ministro de la energía y las iniciativas pánicas.

Los aviones, los barcos y nada digamos los trenes tipo AVE, cada vez son más rápidos, pero pisar el acelerador de los coches, como a muchos nos gusta hacer, se ha vuelto un deporte histórico. Demodé además de caro y arriesgado. La limitación a ciento diez, que parecía una broma pesada, resulta que está funcionando de maravilla por nuestras carreteras. Los conductores, sea por respeto cívico sea por ahorrar combustible — que la vida está achuchadísima –, lo están asumiendo de manera insospechada e inesperada. Las denuncias mecanizadas, las que formulan a la chita callando los radares fijos y camuflados, han descendido de una manera espectacular. El Estado ahorrará en la factura del petróleo pero debe de estar perdiendo mucho en sus ingresos por multas de tráfico.

Quién iba a pensarlo en un país como éste, tan dado a pasarse las normas por la entrepierna a cambio de resarcirlas en caja. Pues, sí, yo mismo lo he comprobado marchando en fila seiscientos kilómetros camino de Galicia, piano piano, poco menos que sufriendo la afrenta de verme adelantado por las bicicletas. La carretera, qué digo carretera, ¡la autovía!, poco a poco va quedando relegada para los caracoles.

El que ame la velocidad y quiera darle gusto al cuerpo, un placer que ya no es de este mundo, ya sabe lo que debe hacer: al velódromo si es que sabe por donde cae, a competir con Fernando Alonso o, si no, a la acera de enfrente montado en el patinete, como hace el ínclito Jaime Marichalar, que no consume gasolina. El patinete, quiero decir.

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