TIEMPO DE RAMADAN

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Tengo algunos conocidos musulmanes y estas últimas horas los veo desmejorados, encogidos y pelín debiluchos. Hace unos días comenzó el ramadán, que si siempre es duro, en agosto, como cae este año, resulta penoso. Hay que tener mucha fe y mucho espíritu de sacrificio para soportar todas las privaciones que conlleva cumplirlo a rajatabla. Los jerifaltes de la religión aseguran que es beneficioso para el alma y para la salud de quienes lo practican, pero cuesta explicarlo y más creerlo. Durante treinta días los seguidores del islamismo, por lo menos una mayoría aplastante, tienen que abstenerse desde que amanece hasta que anochece de comer, de beber – incluso agua –, de fumar, de hacer el amor, de ponerse cremas para el sol y un montón de privaciones más en las que el Corán no entra ni Mahoma seguramente se ha planteado pero sus representantes en la tierra han venido multiplicando. Es una prueba de observancia extrema que con la canícula se agrava. Los que han pasado por ella coinciden en que aguantar la sed es lo peor, como malo es también saciarse al anochecer del hambre de todo el día para luego tener que hacer tan pesada digestión en la cama. Visto desde este lado, donde pocos son capaces ya de no comer carne el Viernes Santo — renuncia bastante llevadera si se tiene dinero para comprar langosta o merluza de pincho –, la observancia y la comprensión del ramadán se vuelven difíciles. Los fanatismos religiosos – todas las religiones los han tenido y los tienen – son tan absurdos como anacrónicos. Pero respetarlos, cuando son pacíficos, es de obligada actitud para cuantos entendemos la libertad. No lo es tanto cuando esos fanatismos llevan a matar sin compasión, como vienen haciendo los energúmenos de Al Qaeda. Por cierto que no está claro si entre las prohibiciones diurnas de este mes de privaciones, los creyentes de la órbita de Bin Laden y sus terroristas deben abstenerse también de poner bombas y estrellar aviones, algo que nos permitiría salir a la calle con mayor tranquilidad.

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