Últimamente el pijoterio reinante ha puesto de moda Dubai, la ciudad que emergió del petróleo como una exhalación en el Gofo Pérsico, como destino turístico. Allí la arquitectura moderna impresiona tanto, o quizás incluso más, que el lujo que exhiben sus hoteles y centros comerciales. Será por dinero, ¡coño! Pero ojo, que el que avisa no es traidor. A Dubai hay que viajar con la tarjeta de crédito bien dispuesta y con la libido en actitud pasiva. Nada de arrumacos con la pareja, tanto da que sea la propia como la ajena, ni besos furtivos en los parques ni achuchones efusivos por la calle. La policía está muy vigilante contra las infracciones del Sexto Mandamiento y a la mínima te coloca ante un juez severísimo que te manda unas semanas a la cárcel por delitos tan graves como los tipificados como ultraje a la moral o cualquier otra infracción de semejante naturaleza. La jurisprudencia acumulada en el Emirato por sentencias de carácter erótico-sexual es antológica. La infidelidad, por ejemplo, no precisa llegar a su consumación carnal para adquirir tipificaciones de delito, igual que el asesinato. Y si no, que se lo pregunten a una pareja de incautos tripulantes de una compañía aérea que se cruzaron, de forma harto imprudente bien es verdad, mensajes telefónicos picantillos y lo han pagado con seis meses en el talego que un magistrado más comprensivo de lo habitual acabó rebajando a tres en la apelación, ignoro con qué argumentos. Quizás la mejor recomendación que se puede hacer a los que viajen a Dubai es que en vez de una caja de viagra, como aseguran que está volviéndose habitual, tomen ejemplo de los tiempos de la mili y se provean de un frasquito de bromuro en la maleta para ponerle unas gotas de vez en cuando al café. Evitando la tentación la libertad durante las vacaciones puede resultar mejor garantizada.







