Un guirigay suicida

Diego Carcedo
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Los dos bandos enfrentados por el control del PSOE alegan razones,pero en su apasionamiento se olvidan de que nunca existen las razones absolutas. Los dos bandos enfrentados por el control del PSOE alegan razones, y seguramente ambos tendrán alguna, pero en su apasionamiento se olvidan de que nunca existen las razones absolutas y que lo primero que entre todos van a conseguir es cargarse al Partido. Y son muchos los ciudadanos que sin ser  militantes socialistas ni  nunca haber votado por sus siglas, asisten al guirigay con preocupación. Por muy en desacuerdo que se esté con sus planteamientos, nadie con un mínimo de sensatez política puede poner en duda que un partido de izquierda moderada y defensor del sistema constitucional es completamente necesario en España.
                  
Y más en unos momentos en que asistimos a espectáculos tan inquietantes como el de Cataluña, donde una pequeña – aunque democráticamente respetable, no lo dudo – organización antisistema y anti cuanto compartimos la mayoría de ciudadanos, catalanes incluidos, sea quien en estos momentos controla con sus espasmos y exigencias el Gobierno autonómico de más de seis millones de personas. O, evidentemente en menor medida, a la presencia de esa coalición integrada bajo el nombre de Podemos que lejos de sedimentarse como un partido serio, divaga en el irrealismo político, en la incoherencia y en el enfrentamiento personal.
                  
En el PSOE la polémica, con destellos a veces de auténtica guerra interna, enfrenta a un oficialismo que arguye argumentos de literalidad estatutaria con una buena parte de la lideranza y la militancia que entienden que la línea actual, reflejada en continuos descalabros electorales, es incapaz de afrontar con realismo su papel crucial en la situación de bloqueo en que se encuentra la formación de un nuevo Gobierno sin renunciar a sus propios principios. El debate, lógico por otra parte, se ha encrespado hasta extremos inimaginables en un partido que siempre supo arreglar sus problemas internos y cuenta para conseguirlo con la experiencia de cerca de ciento cuarenta años de historia plagada de dificultades y crisis, incluida una Guerra.
                  
Sorprende, por supuesto, la virulencia de algunas opiniones, el eco criminalizador que en ámbitos externos, pero interesados, está teniendo la iniciativa, tan democrática como reacción discrepante,  de los miembros de la Ejecutiva que han dimitido. Sorprende por muchas razones, la primera y quizás más trivial porque los que más levantan la voz alegando que las dimisiones forman parte de una conspiración para que  se acabe apoyando la continuidad de Rajoy o que Sánchez no siga adelante con su propuesta de alternativa de Gobierno sean los mismos que hace unos meses le negaron el respaldo parlamentario para su investidura.
                  
Pero sorprende sobre todo la cerrazón y resistencia a la búsqueda de un entendimiento tranquilo, renunciando al amor propio que los enconos personales generan, reconociendo todos que, como algunos  se cansan de repetir, primero es España y lo segundo el Partido. Y efectivamente eso es lo que deberían buscar, primero la aportación responsable a una salida – que en política nunca puede ser no es no o sí es sí, sino  aquella tan pragmática  de “cuando digo nunca jamás quiero decir de momento” –, una salida, digo, a la crisis institucional y enseguida el futuro del Partido al que entre todos en su intento por salvarle lo están llevando al suicidio.