La tortura de agosto

Diego Carcedo
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Desde que se estrenó agosto un mensaje de Vodafone se ha convertido en una tortura cotidiana. Desde un  tiempo a esta parte, mayormente desde que se estrenó agosto, un mensaje de Vodafone, la compañía telefónica que por lo que se concluye busca clientes por aburrimiento, se ha convertido en una tortura cotidiana. Son muchas las víctimas de las que nos llega referencia de su pesadez ofreciendo sus servicios mañana tarde y noche. Para hablar con propiedad, me remito a mi propia experiencia, compartida como prueba acusatoria,  por alguien muy próximo a través de su propio teléfono lo cual duplica la impertinencia en la propia casa.
                  
Las llamadas, hasta cuatro o cinco diarias,  no cesan por mucho que pasen los días y por mucho que uno haya intentado cortésmente responder que por ahora está satisfecho con su operador de siempre, que si un día desease cambiar ya llamaría al departamento comercial de la compañía, y harto ya de cortesía inútil, también de forma airada y hasta verbalmente violenta. Pero de nada me sirvió pedir que me dejasen en paz e incluso que intentase bloquear las llamadas inoportunas.
                  
Opté por incorporar el número de procedencia (el 662991947 para más precisión) a la agenda de forma que cada vez que apareciese en  la pequeña pantalla la palabra Vodafone pudiese cortar sin atenderla. Pero da lo mismo, mientras hoy escribo ya me ha entrada una llamada y anoche, cuando regresaba a casa en medio de la tormenta, otra, la cuarta del miércoles. Las estoy registrando para presentar al final una demanda a la compañía, por molestias, intromisión en la intimidad, etcétera.
                  
Cualquier momento del día les parece bueno a los agentes de ventas de Vodafone, o de lo que sean, porque los agentes de venta de las empresas suelen ser educados, para interrumpirte la comida, para frustrarte la siesta, para alterar momentos íntimos, para romper tu derecho al silencio o, como me ocurrió hace semana y media, para importunarme en el momento en que me hallaba pasando el siempre duro trance de la dentista reparándome una caries.
                  
“Apaga el teléfono”, fue la solución que me dio algún sabelotodo de guardia. Pero muchas personas, entre las que me cuento,  no pueden o por supuesto no quieren, hacer en agosto huelga de teléfonos caídos. Y menos impuesta por el incordio de  un operador, al que creía responsable y correcto, que tiene todo el derecho del mundo a captar nuevos clientes, pero no a convertir a sus candidatos en víctimas. Creo que como tantos otros damnificados en nuestro trabajo y en nuestro descanso, merecemos una explicación.