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Cambio ambiental

Pese a sus inconcreciones, el acuerdo de París puede ser un punto de inflexión en el combate contra el calentamiento global. Decía Jaume Perich, uno de los grandes humoristas gráficos, que mientras un optimista es aquel que cree que todo tiene arreglo, el pesimista es el que piensa lo mismo, pero sabe que nadie va a intentarlo.

Con el acuerdo de París sobre la lucha contra el cambio climático pasa como con casi todas las cumbres internacionales, que todos tenemos la oportunidad de ver la copa de cava medio llena o medio vacía. En este caso, déjenme acabar el año con un mensaje positivo, con todo lo que está cayendo…

Muchos quedamos decepcionados ante la ausencia de objetivos concretos de reducción de emisiones y de incentivos para fomentar el uso de energías alternativas, pero centrarse en las grandes inconcreciones del acuerdo y desconfiar de su voluntarismo impediría valorar adecuadamente los tres activos del pacto.

El primero es el propio acuerdo en sí. Hay que poner en valor un consenso de carácter mucho más universal y que contiene una visión más colaborativa que competitiva entre economías avanzadas y en desarrollo. Es relevante el compromiso a financiar y proveer de apoyo técnico a los países emergentes en su reducción de emisiones y el cambio de orientación públicamente expresado por Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia e India, los principales agentes contaminantes en el planeta.

El segundo es el reconocimiento implícito de que la lucha contra el cambio climático exige políticas más intervencionistas. Objetivos y regulaciones concretas brillaron por su ausencia pero se ha puesto nítidamente en evidencia que se trata de un juego cooperativo, en el que los actores deben esforzarse por conseguir el mismo objetivo pues ganarán o perderán no individualmente sino en conjunto. Se focaliza el acuerdo en un techo de calentamiento global que es inalcanzable sin una reducción urgente y relevante de emisiones contaminantes por parte de todos. No será posible sin acciones políticas, económicas y fiscales directas que reduzcan las emisiones originadas por la actividad humana, promuevan el uso de energías alternativas y faciliten la comercialización de derechos de emisión.

El tercero es la exigencia de corresponsabilidad. La flexibilidad que se ofrece a cada país para que escoja sus objetivos, el ritmo de reducción de emisiones y los medios a utilizar es evidentemente un arma de doble filo y preocupa la aparición de comportamientos característicos de dilema del prisionero, con un resultado final desastroso causado por el egocentrismo de algunos. Pero el acuerdo compromete a una actualización, presentación pública y evaluación periódica y colectiva de los objetivos comprometidos. Precisamente la definición de un marco que concreta la acción individual y el seguimiento de sus resultados puede ser un punto de inflexión en la lucha contra el calentamiento global. Se deja a criterio de cada uno el ritmo de avance pero el trayecto ya está trazado.

Cierto es que los reticentes a la acción y a cualquier cambio regulatorio escasa presión van a sentir con este acuerdo y poco motivados se verán a cambiar su comportamiento aunque se les acuse de irresponsabilidad social y de egoísmo económico. Pero la ceguera estratégica de quien todo lo mide según su cuenta particular de resultados no resulta ninguna novedad. Más relevante me parece el cambio que se percibe en el ambiente, pues el desafío climático nos muestra la esencia de saber avanzar hacia una mayor integración y gobernanza global.

Pese al abrupto descenso en los precios del petróleo, el camino hacia la descarbonización y el menor uso de combustibles fósiles no tiene marcha atrás. Quien no arrime el hombro y se aparte del camino, aunque reciba parabienes e incluso recompensas en el corto plazo, también percibirá su progresivo aislamiento y descrédito social.

O, al menos, así nos gustaría creerlo. En cualquier caso, bébanse el cava a su salud y feliz año nuevo.

*Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

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Josep Lladós

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