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Maltrato a ocho mil metros

Todo son misterios en torno a una empresa aeronáutica, eso sí, que permite volar a los pobres y como contrapartida marca a sus competidores cómo hacerlo a costa del bienestar y la dignidad de los clientes. Nada se paga más caro que soportar el mal trato que Ryanair proporciona a sus pasajeros. El precio del billete suele ser barato pero el resto de un viaje con esta compañía irlandesa, se vuelve una pesadilla. Ya en tierra, el embarque es una de las cosas más desagradables que cabe vivir antes de subirse a un avión, para explicárselo con la simple lectura o audición de la chulería con que se expresa el presidente de la Compañía, un verdadero maestro de la prepotencia y el desprecio a los ciudadanos que se arriesgan a sufrir en sus aeronaves.

Con todo, lo peor es a bordo, donde los servidores de cabina – mayormente los azafatos — rivalizan en sus técnicas de mal trato y verdadero desprecio a los pasajeros. ¿Serán esas las instrucciones que reciben antes de enfundarse el uniforme? ¿Habrán pasado previamente por una escuela de formación de malos modos? ¿Serán reclutados por sus habilidades a la hora de exhibir actitudes de antipatía que en otras compañías serían motivo de expulsión?

Todo son misterios en torno a una empresa aeronáutica, eso sí, que permite volar a los pobres y como contrapartida marca a sus competidores cómo hacerlo a costa del bienestar y la dignidad de los clientes. Claro que no todo es negativo. Dicen los viejos que no hay mal que por bien no venga y el mal servicio y maltrato de las azafatas y azafatos de Ryanair ha proporcionado la oportunidad creativa de una canción que emerge en el panorama musical español con posibilidades de éxito.

Los miembros del grupo musical catalán Sidonie volaba desde Barcelona a Santiago de Compostela cuando a la vista del desprecio con que eran tratados comenzaron a ensayar con un ukelele una ingeniosa canción que es sin duda la mejor crítica y la más talentosa rechifla del trato que estaban recibiendo. Bastó que entonasen los primeros compases recién salidos de su capacidad musical para que el resto del pasaje se sumase e hiciera coro con el estribillo. Creo que el primer disco deberían enviárselo dedicado al jerifalte de la Compañía, en Dublin para que lo baile en su despacho.

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Maltrato a ocho mil metros

Diego Carcedo

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