El problema se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de la falta de solidaridad, del apáñate como puedas y del egoísmo de muchos miembros de la UE. Lampedusa trae recuerdos de una inolvidable película que con tintes más dramáticos se renuevan últimamente con las noticias de los desesperados que llegan a sus costas, muchas veces rescatados in extremis de las olas y otras, ya con sus vidas destrozadas por los riesgos que asumieron con tal de llegar a Europa; a una Europa de sueños, a países cuyas imágenes de bienestar tanto tientan en medio de las penurias del Tercer Mundo, y cuya tentación está convirtiendo al Mediterráneo en un cementerio gigante.
Miles y miles de personas, víctimas en su mayor parte de las mafias desaprensivas que trafican con las vidas e ilusiones de la gente, acaban en la isla de Lampedusa donde les aguarda o una sepultura segura o un futuro incierto. Lampedusa es, como las vallas de Ceuta y Mililla, uno de los coladeros de la inmigración ilegal más concurridos del Mediterráneo. Las autoridades italianas no ocultan su desesperación ante semejante avalancha ni saben cómo afrontarla con el recurso de la Ley y, lo que menudo es más importante, el sentimiento humanitario ante el drama de los que llegan.
Una avalancha revestida de dramas, sí, ante los cuales es más fácil conmoverse que evitar. La Unión Europea, muchos de cuyos miembros se quejan de la permeabilidad de la frontera Sur, no hace nada digno de destacar para frenarla ni en su origen ni en su final. No ayuda suficientemente a los países más afectados – Italia, España y Grecia – para evitar las llegadas, a menudo incluso violentas de inmigrantes como ocurre en Ceuta y Melilla, ni se esfuerza por ayudar a que Africa salga del subdesarrollo que impulsa a muchos de sus habitantes a marcharse.
En los foros comunitarios se habla con frecuencia de la inmigración clandestina con una falta de decisiones compartidas realmente preocupante. Los gobiernos del Sur, tan vituperados a veces por otras cuestiones, se sienten solos ante un problema como la inmigración que es de los Veintiocho. Este problema se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de la falta de solidaridad, del apáñate como puedas y del egoísmo de muchos miembros de la UE cuyos ciudadanos del drama de Lampedusa pasan; de esta isla sólo les interesa el sol durante el verano.
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Lampedusa, la isla de los dramas
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