¡Qué no hará un padre por su hija! Pablo Escobar Gaviria, el capo colombiano muerto en 1993, en cierta ocasión hizo una hoguera con dos millones de dólares para evitar que su hijita Manuela se constipase de frío. Eso, reconocerán, conmigo, no lo hacen todos los padres. Y es que, por mucho cariño que se tenga por los hijos, deben de ser muy pocos los que suelen tener a mano dos millones de dólares en billetes de curso legal para poderlos utilizar como calefacción cuando descienden las temperaturas y los cuerpos empiezan a tiritar. Pero Escobar, para quien quizás no pasaba de ser mera calderilla, los tenía en el inseparable maletín que siempre llevaba consigo cuando deambulaba de un lugar a otro en busca de escondite y, en cuanto vio que el mercurio descendía de forma peligrosa para la salud de su familia que le acompañaba en la huida, no dudó en convertirlos en reconfortante fogata. En esa ocasión se hallaba en un refugio en las montañas que rodean Medellín y el hombre que tantos males causaba con su actividad a los hijos de los demás, no soportó ver a su hija, por la que nunca dudaba en arriesgarlo todo, quejarse de frío. Quemar dinero horroriza a quienes no lo tenemos pero debe de ilusionar a los que lo obtienen con la única dificultad de encontrar tiempo para contarlo. Imagino las llamas verdes de los billetes volatilizándose y trazando arabescos en la oscuridad de la cabaña, a la niña sonriendo en el confort que de tantas maneras suele proporcionar el dinero y al padre, feliz y realizado, acariciando la empuñadura de su revólver con la satisfacción de verle una utilidad humana a su agitada existencia como delincuente de alto ‘estandin’, atentando contra la vida de los demás y tratando en reciprocidad de preservar la suya y la de los suyos.







