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Now we are free. Aren’t we?

Beatriz Fanjul, diputada del PP y presidenta de Nuevas Generaciones. Flickr - Grupo Parlamentario Popular

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Progreso. Es una palabra que encarna un fuerte significado y que, reiteradamente, hemos visto a la izquierda, como hace con otras muchas cuestiones de nuestro día a día, apropiarse de ella. Sí, son innumerables las ocasiones en las que lo han hecho, llegando incluso a bautizarse a sí mismos como “partidos progresistas”. Nada más lejos de la realidad.

Porque… ¿Qué es el progreso? ¿Quiénes lo han impulsado? Y, más importante… ¿hemos progresado en los últimos 30 años?

Decía Margaret Thatcher que eso que llamamos “sociedad” no existía. Hay personas y hay familias, pero no existe tal cosa como “sociedad”. Quizá este podría convertirse en la premisa de partida de esta Tribuna. No somos un conjunto homogéneo, sino grupos muy diferentes entre nosotros, que conformamos la población mundial. Por eso, sería erróneo tratarnos como un todo. No lo somos y cada uno de nosotros en los últimos 30 años, incluso dentro de un mismo país, incluso dentro de una misma ciudad, hemos seguido caminos diferentes, los propios. Porque… ¿Quiénes han progresado en los últimos 30 años? ¿por qué? O, mejor dicho… ¿gracias a quién?

Para empezar, diría que tanto en España, como en el resto del globo terráqueo (llamado mundo) en nuestra historia reciente, quien ha progresado es porque ha trabajado y mucho. Quien ha madrugado para levantar una persiana. Quien ha sacrificado sus horas de ocio para mejorar en su trabajo y superarse a sí mismo. Quien ha invertido en formación para sí o para los suyos. El denominador común, por lo general, de estas personas que han conseguido “progresar” es que lo han hecho por sí mismas, en base a su esfuerzo diario, aunque en algunos casos, los más afortunados han llegado acompañados con algún golpe de suerte, quizás sí y en algunos casos, pero con esfuerzo innegable.

Y es que, más allá de lo que pueda definir la Real Academia de la Lengua Española, que vincula “progreso” y “avance”, el progreso según sus causantes y según sus beneficiarios, podemos entenderlo de muchísimas formas.

  • Cuando los Gobiernos han puesto en marcha políticas centradas en las personas hemos progresado TODOS. Es decir, cuando hemos intentado que cada persona se desarrolle en base a su propio empleo, cuando hemos procurado que pueda disponer de su dinero como buenamente quiera, cuando hemos protegido la propiedad privada o cuando hemos intentado que las leyes educativas mejoren la formación que recibimos, todos hemos avanzado. Porque al final, el que progresa de manera muy acelerada acaba, de una forma o de otra, tirando de quien lo hace más lentamente.
  • Sin embargo, cuando el foco de sus políticas va a dirigido a la “sociedad” que algunos gobernantes crean artificialmente y que se empaqueta en colectivos, los que prosperan son solo unos pocos: los que viven en el pesebre del Gobierno de turno. Porque, normalmente, la simbiosis entre Gobierno populista – tipología que suele hacer este tipo de políticas – y colectivos destinatarios de sus prebendas es total y porque, como anticipábamos, “sociedad” es un concepto muy ambiguo y vacío.

En definitiva, si progresar significa avanzar, progresar debería ir asociado a ser libre, de ahí el título de este artículo. Porque cuando eres libre, creces como persona, decides y “avanzas”. No te quedas estancado en tu vida y, mucho menos, retrocedes.

Y de aquí podemos extraer una conclusión, haciendo balance de los últimos 30 años: cuando ha gobernado el Partido Socialista (ahora en coalición con la extrema izquierda) sus políticas nos hacen retroceder y nos alejan del progreso. Es decir, somos menos libres.

Podría equivocarme y afirmar que buscan ayudar a quienes más lo necesitan, pero objetivamente no es así. Y no lo es porque cada vez que gobiernan y tienen oportunidad, nos lo demuestran a todos.

  • Afirman que suben los impuestos a los ricos como medida estrella. Pero nunca aclaran quienes son ricos y acaban por saquear los bolsillos de todos los españoles. Sus últimas decisiones hablan por sí solas: una factura de la luz descomunal; peajes en autovías que ya habíamos ayudado a pagar con nuestros impuestos… Medidas que pagamos entre todos sin distinción entre ricos y no tan ricos.
  • Defienden la educación pública persiguiendo la privada. Y callan sobre la mediocridad que imponen en el sistema público. Mediocridad que afecta a todos los estudiantes, pero, en mayor medida, a quienes no pueden permitirse una alternativa.
  • Exclaman, orgullosos, que van a derogar una norma, la reforma laboral del año 2012, para devolver derechos a los trabajadores. Pero no explican que fue precisamente esa norma la que logró frenar la subida del paro, creando tres millones de empleos, tras la anterior crisis – que, por cierto, no supieron gestionar – y cómo, sin ella, muchos trabajadores engrosarían esas colas de nuevo. Cómo sin ella no habría existido el mecanismo de los ERTE.

Esta es una demostración dolorosa. Y lo es porque cada vez que hemos llegado al Gobierno hemos tenido que enfrentarnos a su desastre e impulsar políticas duras, estrictas e impopulares porque no quedaba otra. Porque había que poner remedio a la situación de crisis económica en la que las políticas “social – populistas” nos habían sumido.

En definitiva, con ellos en el poder, progreso para algunos para poderse ir, entre otras cosas, de mariscadas y para el resto: empobrecimiento o pérdida de poder adquisitivo. Estancamiento y falta de oportunidades. Ejemplos tenemos a montones: los destrozos que han hecho y están haciendo en el Gobierno central, que el PP ha intentado arreglar en dos ocasiones – y tocará una tercera -, equilibrando el reguero de desempleados y los agujeros económicos que suelen dejar. También, el misterioso caso de Andalucía, última en todos los rankings de crecimiento económico antes de la llegada del Gobierno del cambio y ahora en el top tres de casi todos o el eterno invierno que vive Asturias.

Pero entonces, ¿somos más libres ahora que hace treinta años? Económicamente, a pesar de las catástrofes económicas de los diferentes gobiernos socialistas, en general sí. Nuestro PIB per cápita, prácticamente, se ha duplicado desde 1990. Algo de mérito habrá tenido el Partido Popular equilibrando la balanza. Imagínense si nos hubiesen dejado hacer las cosas a nuestra manera sin tener que arreglar lo que otros destrozan.

Sin embargo, en términos generales, si analizamos si hemos progresado desde un punto de vista completo e incluyendo cuestiones que vayan más allá de lo económico cuesta muchísimo responder a esta pregunta. A la pregunta de si somos más libres porque, como ya habíamos comentado, el verdadero progreso viene de la mano de la libertad.

Antes de la pandemia podríamos haber defendido una respuesta alternativa. Los españoles teníamos libertad de expresión, de movimiento, de culto, de pensamiento, de residencia y un sinfín de posibilidades que, gracias a buenas acciones de los distintos gobiernos, habíamos ido alcanzando. Sin embargo, la gestión de nuestros derechos durante la pandemia nos impide responder afirmativamente.

Si algo hemos aprendido es a no dar por sentada nuestra libertad. Hemos visto cómo se nos encerraba en nuestras casas, se tomaban – y aún se toman – medidas absurdas como, por ejemplo, impedir visitar a familiares, mientras los trenes de cercanías iban a rebosar.

Mientras el Gobierno seguía empeñado en colectivizarnos, en hacer propaganda contra Madrid, en priorizar el 8 de marzo porque les beneficiaba electoralmente frente a la salud, los españoles perdían sus empleos, perdían ilusión por seguir avanzando en la vida y veían desaparecer oportunidades y ennegrecer su futuro. Es decir, retrocedíamos.

A la vez que el Gobierno nos mentía y ocultaba información vital, las vidas se contaban por centenas. Esa oscuridad, el tratarnos como inmaduros, como personas que no son plenamente responsables de sus vidas era una pérdida, también y evidente, de libertad y un retroceso. Por tanto, todo lo contrario al progreso.

Y es por ello que, llegados a este punto, solo nos queda una última reflexión. Ser libre y progresar empieza en uno mismo, en tener la formación suficiente como para discernir entre lo que está bien y lo que está mal. En tener pensamiento crítico.

Sin embargo, para que esta libertad y ese crecimiento personal que llamamos progreso se produzcan de manera óptima, es indispensable que se den unas condiciones de contorno adecuadas. Condiciones que dependen mucho, nos guste o no, de quienes dirigen el Gobierno de una nación, de una Comunidad Autónoma e, incluso, de un Ayuntamiento.

Es por ello que, analizando experiencias pasadas, el Partido Socialista, cuando ha gobernado – solo o apoyado en fuerzas de la extrema izquierda – ha generado por lo habitual un panorama desolador y alejado, sin duda, de lo que debemos entender como progreso. Desgraciadamente, ahora están, de nuevo, en el poder.

La solución es fácil: sumarse a la alternativa, que no tiene otro nombre que Partido Popular. Porque con Pablo Casado al frente del país, las cosas serían muy distintas. No solo por lo que ha hecho el Partido Popular en gobiernos pasados si no por lo que está demostrando ahora, siendo su poder autonómico y municipal el único contrapeso real al viaje hacia el abismo al que nos está llevando el Doctor Sánchez.

Por eso, mi generación, la de las personas más jóvenes, debe entender que su futuro depende de esto en gran medida. Si quieren desarrollar un proyecto de vida, crecer, mejorar y alcanzar sus metas, necesitan un gobierno que mire por las personas y no por colectivos creados artificialmente para tener un suelo electoral firme.

Y es que, por desgracia, hasta que Pedro Sánchez y su gobierno no dejen las riendas de España, cada vez que oigamos “Now we are Free”, el tema principal de esa grandísima película llamada “Gladiator”, esa melodía sonará en nuestras cabezas como un deseo, aún, algo lejano.