Mount Eerie canta a la pérdida en ‘A Crow Looked At Me’

Mount Eeerie
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Como diría, Lemony Snicket, el responsable de esa imprescindible fábula moral y literaria denominada ‘Una serie de catastróficas desdichas’, si lo que quieren es encontrar una pista sobre un reconfortante disco de pop luminoso o folk tocado por virtuosos, o funk bailable o música electrónica a la última, dejen de leer inmediatamente este texto y busque otras alternativas.

Porque este ‘A Crow Looked At Me’, el álbum del que nos ocupamos hoy, es una obra artística que puede resultar indispensable para algunos, pero contiene algo bastante diferente a lo que podríamos encontrar en el listado que contiene el párrafo anterior a este. Ni van a bailar con esto, ni van completar la experiencia con bellos vídeos de chicos y chicas sexys. Ni tampoco van a disfrutar con un solo de guitarra incendiario.

Muy al contrario. Quizá hasta pasen un mal rato al escuchar por primera vez estos 41 minutos de música elegíaca, repartidos en once viñetas sonoras con letra recitada, que ni son dejan de ser exactamente canciones. Porque lo que ha hecho Phil Elverlum, el lider y ahora único componente de Mount Eerie, es una crónica detallada de su luto, del proceso que le ha permitido afrontar la pérdida de su esposa, recientemente fallecida.

Es cierto que, como han señalado acertadamente algunos críticos que ya han escrito sobre este disco, en los últimos dos años las muertes dolorosas de alguna persona allegada, han servido de inspiración para unos cuantos álbumes notables de artistas tan alejados entre si como Nick Cave, Sufjan Stevens o Sun Kil Moon. Pero ninguno de estos ha llegado al grado de detalle y de desnudez sentimental absoluta de Elverlum.

Para empezar, Elverlum muestra las cartas desde el primer momento en ‘Death Is Real’, la canción que abre este trabajo y mi tema favorito del disco, por el momento. Un trallazo corto, de intensidad máxima, en el que queda perfectamente definido el tono y el clima instrumental y poético en el que nos vamos a sumergir si optamos por entrar en el mundo atormentado y desolador que el artista se propone mostrarnos en toda su esplendorosa crudeza.

No hay nada poético en la muerte, nos dice, desde el principio, en esta especie de diario, lleno de revelaciones personales estremecedoras, en el que también se burla del existencialismo de salón y de si mismo cuando explica, por ejemplo, que era divertido escribir sobre el vacío existencial antes de verse obligado a recorrer los pasillos de los hospitales tras el mazazo inesperado que supuso para él, conocer la enfermedad, finalmente, letal de su esposa.

Elverlum explica también que algunas de estas canciones han sido grabadas, con un equipo casero y sin mayore pretensiones, con los instrumentos de ella la artista y cantante canadiense Geneviève Castrée, tras su dolorosísimo fallecimiento como consecuencia de un cáncer de páncreas que terminaría con ella en muy poco tiempo. Y lo hace porque documenta, los lugares donde se encuentra cuando compone, las reflexiones que provocan en él y el tiempo que ha transcurrido.

La historia es aún más impresionante porque un año y medio antes de fallecer Castree y Elverlum habían tenido una niña, que también está presente en este disco como protagonista involuntaria de esa vida que continúa después de la catástrofe. Pero no hay ni pizca de autocompasión, ni de explotación de la tragedia en este imprescindible álbum, cuyo autor se limita a dejar constancia de la evolución de los sentimientos con la neutralidad de un científico.

Tal vez, este nuevo álbum de Mount Eerie, el noveno ya en la trayectoria del artista de Anacortes, una localidad del estado de Washington, que conocemos mejor gracias a su trabajo, sorprenda mucho a sus fans, porque no tiene casi nada que ver con lo anterior y tampoco está apenas conectado con el trabajo que realizó como lider de The Microphones, entre 1996 y 2003, año en el que se casó con Genevieve y empezó su carrera en solitario.

Y quizá tampoco tenga que ver con sus próximos trabajos, sea cuál sea el nombre que utilice para firmarlos. Pero a mi no me cabe duda de que este álbum significará un antes y un después en la historia de la música pop del siglo XXI. Incluso aunque quede aparcado en las crónicas como una especie de ‘rara avis’, que jamás cree escuela ni sirva como obra inicial de una nueva tendencia.

No es una obra para todos los públicos, desde luego. Y requiere ser disfrutada con tiempo por delante, gran concentración y silencio. También es necesario hacer el esfuerzo de escuchar las palabras que Elverlum nos entrega en estas melodías austeras que tienen más aspecto de recitado que de otra cosa. Conviene entender las letras, desde luego. Aunque son sencillas y directas. Fáciles de entender para cualquiera con la simple ayuda de un traductor de Internet.

Sin estribillos a los que agarrarse, ni concesiones a la galería. Con el mismo aspecto de verdad pura y dura que tenían aquellas obras maestras, con cierto aire funerario, que entregaron hace unas cuantas décadas cantautores geniales del estilo de Leonard Cohen o Luis Eduardo Aute. Esto no es ni más ni menos que la crónica de un hombre sacudido por una pérdida terrible que lucha por superar su dolor. Y mientras lo consigue, nos ayuda a entender mejor la fragilidad de la condición humana.

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