Merkel a examen: ¿Qué queda de la Alemania que acogía refugiados?

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Las imágenes de ciudadanos alemanes recibiendo a refugiados con pancartas de bienvenida en estaciones de tren conmocionaron al mundo en 2015. La potencia europea mostraba su cara más amable acogiendo en tiempo récord a unos 900.000 peticionarios de asilo, la mayoría de los cuales huía de la guerra en Siria. Dos años después y con las elecciones generales a la vuelta de la esquina, la crisis migratoria que la canciller Merkel calificó como el desafío más importante tras la reunificación del país en 1990 continúa estando muy presente en el día a día.

Pero, ¿qué queda de la Alemania solidaria que se volcó con los más necesitados? ¿Pervive el espíritu del buen samaritano o se han despertado los recelos?

Pulsar la opinión de una sociedad que desde la Segunda Guerra Mundial se ha visto condenada a moverse en el ámbito de lo políticamente correcto resulta complicado, aunque el empuje del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD), que podría convertirse en la tercera fuerza política, ha desempolvado antiguos complejos.

«A mí me han llegado a preguntar, ¿qué tienes en contra de los extranjeros? Yo no tengo nada en contra de los extranjeros. La cuestión es qué problemas se generan con la llegada de tantos migrantes y cómo se hace frente a esos problemas», señala un abogado berlinés que considera que la canciller Angela Merkel ha hipotecado el futuro del país al dejar entrar a tantos peticionarios de asilo.

Los pabellones deportivos y los recintos públicos que se habilitaron como albergues de emergencia en plena crisis se han ido vaciando.

La aparente normalidad se ha abierto paso, pero por delante quedan grandes retos, insiste este letrado que prefiere no revelar su nombre y que este domingo votará por la AfD, un partido de tintes xenófobos muy crítico con la gestión de la ola de refugiados del actual Gobierno.

En su opinión, en Alemania faltó un debate que diese respuesta a los efectos que una ola migratoria podría traer aparejados, tales como qué pasaría con la seguridad en el interior del país o cómo se podrían evitar sociedades paralelas o guetos.

«¿Qué respuesta política hubo por parte de los partidos? No hubo ninguna. Mi pregunta hubiese sido ¿qué hacemos? ¿Cuál es el plan concreto? Pero nada, solo repetían que hacían cursos de integración y que lo íbamos a conseguir, sin decir cómo», recalca.

La canciller Merkel, movida por los sondeos de opinión y por el auge de la AfD, que logró apoyos electorales de hasta un 24 por ciento en comicios regionales, fue endureciendo su política migratoria a golpe de reforma legislativa. Se agilizaron las expulsiones, se limitaron las reagrupaciones familiares de refugiados y se impuso mano dura con migrantes que delinquían.

Un giro de timón que, para muchos, llegó tarde y que evidenció notables fallas cuando se constató que los tres atentados islamistas de los que Alemania fue víctima el año pasado (el más luctuoso ocurrió en diciembre en Berlín y costó la vida a doce personas) habían sido perpetrados por personas que llegaron al país como refugiados.

«Es necesario garantizar la seguridad en las fronteras y reducir la inmigración», escribió por su parte Max Otte, un destacado gestor de fondos y miembro de la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel desde 1991, en un artículo publicado en la prensa alemana en el que exponía los motivos por los que en estas elecciones dará su confianza al partido ultraderechista Alternativa para Alemania.

«Merkel perjudica a su partido. La cúpula de la CDU se ha alejado de su programa», añadía Otte, quien a pesar de su voto admite que no dejará de ser militante de la CDU.

En la Alemania de puertas abiertas que critica Max Otte, reside también desde hace dos años Rafik (nombre ficticio), un refugiado menor de 30 años procedente de la ciudad siria de Latakia.

Con un alemán fluido aprendido en las clases de integración y unas prácticas en una guardería de Berlín a sus espaldas, pelea para que las autoridades alemanas le reconozcan los estudios universitarios cursados en su país natal.

«Dicen que no se pueden homologar», lamenta este joven que no pierde la sonrisa y que en los últimos meses ha trabajado de forma ilegal en un centro de educación parvularia. Rafik se ha dado más de una vez de bruces con la burocracia germana pero confía en poder traerse a su prometida y en conseguir un buen trabajo.

«Yo nunca he tenido problemas de racismo aunque otros amigos sí, pero es como en todas partes, hay gente agradable y otra no tanto», dice.

Oliver, un mozo de almacén de 32 años que reside en una pequeña ciudad de Brandeburgo, al norte de Berlín, admite que en los últimos tiempos su recelo hacia los peticionarios de asilo ha aumentado.

«No porque piense que los musulmanes son islamistas, no, entre ellos hay mucha gente sensata. Me preocupa que creen sociedades paralelas y también que se conviertan en competencia en el mercado laboral. En trabajos como el mío, donde no se necesita mucha formación, puede que su entrada provoque una bajada de salarios», argumenta.

Para el abogado berlinés, la preocupación principal de cara al futuro radica en el coste que la acogida de refugiados tendrá para el bolsillo de los contribuyentes.

«He consultado los datos de la Oficina Federal de Estadística y veo que el Estado alemán debe desembolsar 25.000 millones de euros (30.000 millones de dólares) para el apartado migratorio. Eso, todos los años. Con la repatriación familiar subirán los gastos. Muchos no tendrán trabajo en mucho tiempo y los que lo tengan cobrarán salarios bajos, por lo que no pagarán impuestos. Muchos acabarán frustrados y es razonable», concluye.