La puja de China Resources Microelectronics por la histórica estadounidense Fairchild Semiconductor ha hecho saltar las alarmas en la meca global de las finanzas. Las tecnológicas de Wall Street llevan años siendo el objeto de deseo de sus rivales en China. Ahora, las medidas económicas impulsadas por Pekín han disparado el apetito de sus compañías por cruzar el Pacífico y la lluvia de ofertas no cesa. Una puerta abierta al cambio de bandera en algunas cotizadas que un grupo de congresistas estadounidenses quiere evitar a toda costa.
Los políticos estadounidenses están especialmente preocupados por las compañías de semiconductores, un componente fundamental en cualquier aparato tecnológico, pero también muy empleados en seguridad y defensa. Aunque algunos analistas consideran que los temores son infundados y herencia del viejo miedo a la continuidad de la Guerra Fría, lo cierto es que una industria clave y puntera del país está cada vez más copada por la inversión procedente del ‘Gigante Asiático’.
En este sentido, los semiconductores han sido señalados por Pekín como uno de los ejes en los que fundamentar su plan quinquenal de expansión económica, que busca un desarrollo hacia actividades de mayor valor añadido y de consumo privado interno desde el actual modelo de exportación de manufacturas de bajo coste. Así, pues, no es de extrañar que sean las compañías vinculadas a organismos estatales chinos las que con más insistencia hayan dirigido sus apuestas compradoras a territorio estadounidense.
La voz de alarma ha saltado con la puja de China Resources Microelectronics por Fairchild Semiconductor International, una de las primeras compañías que hicieron de Silicon Valley el paraíso tecnológico que es hoy en día. La estadounidense ha rechazado ya una primera OPA de su rival asiática alegando los impedimentos que su origen podría tener para que la operación saliese adelante, pero la eventual compradora no ha dudado en redoblar su puja para conseguir un trato más amable y seducir más fácilmente el bolsillo de los actuales accionistas de su pretendida.
En la primera oferta había sobre la mesa 21,70 dólares por cada una de las acciones de Fairchild, valoradas hoy por hoy en Wall Street a 19,94 dólares. En la versión mejorada se ofrecen ya 22 dólares por título que en nada dejan la puja de 20 dólares presentada por ON Semiconductor, pero esta última tiene sede en Phoenix, la capital del Estado de Arizona. Mientras tanto, la asiática es una división de la estatal China Resources Holdings y cuenta con el respaldo del grupo inversor Hua Capital Management.
Este escenario recuerda al que se vivió el verano pasado con Micron, a la que otra compañía china de control estatal presentó sus intenciones de compra y un montante de 23.000 millones de dólares. La adquisición del histórico fabricante de microchips finalmente no salió adelante por dudas sobre su viabilidad política. Un poco más lejos hay que irse para encontrar, con los mismos ingredientes, el bloqueo por parte de las autoridades estadounidenses de la toma de control en la holandesa Philips por parte de un grupo de inversores chinos que habían puesto sobre la mesa 2.900 millones de dólares.
De momento, son 45 los congresistas que han sumado fuerzas para reclamar a la administración de Obama que tome una clara postura para defender que la bandera de barras y estrellas siga ondeando en las firmas de tecnología más históricas del país. No obstante, se han recogido en solo dos días, cuando lo habitual es tardar varias semanas en conseguir semejante respaldo para una iniciativa de este tipo. Un demócrata se cuenta entre los firmantes republicanos de una misiva que ya han hecho llegar también a organismos como el Tesoro, según publica The New York Times.
En ella reclaman una “amplia y rigurosa investigación” en torno a la cuestión poniendo la ‘excusa’ de la puja que el grupo Chongqing Casin Enterprise ha formulado por hacerse con el control de la Bolsa de Chicago CSE, la menor de las dos en funcionamiento en ‘la Segunda Ciudad’. El objetivo último sería blindar contra la toma de control por parte de inversores internacionales, con especial atención a los chinos, a compañías de interés estratégico nacional. En esta categoría entrarían los sectores de maquinaria pesada, industria aeroespacial, servicios financieros, defensa y tecnología.
Los semiconductores preocupan especialmente, pues conforman las entrañas de una larga lista de sistemas militares, bombas inteligentes y drones. Y todo mientras la Casa Blanca ha apuntado en varias ocasiones a Pekín como responsable de varios ataques de espionaje cibernético contra intereses estadounidenses y en plena tensión militar por disputas territoriales en el Mar de la China Meridional.
La previsión de que el yuan siga debilitándose frente a un dólar cada vez más fuerte si la Reserva Federal estadounidense mantiene su programa de progresivas subidas de tipos, da aún más impulso a las compañías chinas para la búsqueda de posiciones a la otra orilla del Pacífico. El año pasado ya se produjeron 21 intentos de compra, exitosos o fallidos con origen en China y destino en EEUU, cuando hace cinco años fueron solo ocho, según datos de la consultora especializada Dealogic.
Ahora, la última palabra sobre el eventual bloqueo la tiene el Comité de Inversión Internacional de EEUU, conocido por el acrónimo inglés Cfius. Este organismo interdepartamental del Gobierno Federal tiene el encargo de emitir juicios a favor o en contra de cualquier oferta realizada por inversores extranjeros sobre compañías estadounidenses, vinculadas al país o con intereses en la seguridad nacional, argumento que enarbolan ya en el Congreso de la mayor economía del mundo.







