Opinión

Mandarinas peruanas en La Habana

Y cuidado que otros ministros sigan igual ejemplo de dignidad profesional y se animen a dejar sus puestos ante este relajo de ineficiencia e improductividad que tuvo principio y no se le ve el fin.

Lo nunca visto en la historia de este país, que haya que importar frutas porque nuestra agricultura hace gala de una incompetencia en letras mayúsculas. Cuatro décadas y más en este trapicheo de comprar en el exterior.

Señores, desde Lima, Perú a La Habana hay nada menos que 3.935 km, cinco horas y 25 minutos de vuelo y no mencionemos las millas náuticas con el coste de tan singular travesía cuando los panameños pasen factura por el cruce del canal.

Política aparte, por favor, Cuba en otros tiempos no muy lejanos, era el primer exportador mundial de aguacates con EEUU como principal mercado. Por fortuna, los tenemos aún en igual suerte que los mangos. Ahora mismo en una cosecha extraordinaria donde no faltan en la mesa. Y, para los no están muy al tanto de cómo y qué comemos los cubanos, un plato de arroz blanco, aguacate y cualquier cosa que se pueda agregar, es toda una comida.

De cara a una mandarina, en el quiosco me advierten del precio tras asegurar que son los extranjeros residentes los que más la adquieren. El vendedor tuvo la gentileza de abrirme una en plan de convencimiento. Ni una semilla en su interior y un dulzor que me regresó al instante a la infancia en la finca de los abuelos.

Problema para nada nuevo. Ya desde finales de siglo importamos lo que siempre obtuvimos de nuestros campos. Muy cierto el aquello de que el hombre es el único animal que no sólo tropieza dos veces con la misma piedra, sino que lo hace varias veces más.

Dicen los entendidos en lenguas orientales que cuando un chino pronuncia en mandarín la palabra mandarina, la fonética es similar a indicar suerte y prosperidad, pero no es el caso. Son peruanas las man-da-ri-nas y las comprará quien pueda y no quien quiera. Al menos yo me fui con tres hollejos de gratis.

Si maldito es el bloqueo imperial que nos daña sin lugar a dudas, doblemente maldito, el interno, el de los temerosos y burócratas que miran al campo desde lo alto de una oficina climatizada. Son como “hachero”, el compinche de Juan Quinquín, que advirtiera “Qué bonito es el campo… pero de lejos”.

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Mandarinas peruanas en La Habana

Aurelio Pedroso

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