Pensábamos entonces que mal o bien, aquí lo teníamos todo o casi todo; que no seríamos carga de nadie; que quién nos daría trabajo con edad tan avanzada; que de partir hacia Miami, donde con un trabajo no es suficiente, iríamos de cabeza a un “home” con otros viejos “cagalitrosos” y que esto que hacíamos aquí a cada rato con una pierna de cerdo asada, allá ocurriría una vez al año y con hamburguesas.
La vida, con sus circunstancias acompañantes, ha demostrado otra cosa. Por vía legal en mayoría, estamos despidiendo a aquellos que nos han acompañado desde la niñez o adolescencia en una suerte de reunión festiva y luctuosa al mismo tiempo, en un ejercicio sumamente complicado de combinar la alegría con la tristeza.
Así estamos. Ahora sin el electricista, el plomero o fontanero, el reparador del ordenador, el herrero, la hábil y diestra costurera y hasta padeciendo de esa ausencia de uno que, como en tiempos mozos, se subía a la azotea y cambiaba una antena.
Este domingo volveremos a reunirnos los que quedamos. Vaya usted a saber de qué hablaremos con menos rones y la música de siempre los que seguimos apostando a mejores tiempos.
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